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miércoles, 29 de enero de 2014

Lunes 3 de Febrero en Palabras Urgentes: José Miguel Santos Rivera, poeta y cantautor.


presenta este 
Lunes 3 de Febrero de 2014
en vivo a las 17:30 horas por


Al poeta y cantautor 

José Miguel Santos Rivera

que nos presenta su poemario "Vario"

y algunas canciones de su autoría.


Además de nuestras secciones:

Cada quien su boca
Notas Imprescindibles  
Escritorpedia

Palabras Urgentes es una producción de Código CDMX
Conduce Andrés Castuera-Micher

lunes, 6 de enero de 2014

José N. Méndez presenta en "Cada Quien su Boca" de Palabras Urgentes. (6/01/14)


JOSÉ N.MÉNDEZ
haz  click para escuchar el programa completo

EL QUETZAL ROJO

Quetzal rojo
o ave que pare un millar de voces
de hombres de maíz, estallando a fuego armamentista;
en nuestra plegaria matinal
más allá del pan,
anhelamos liberarnos
de la metralla de cada día.

Rojo,
quetzal rojo;
en tu plumaje pernoctan
cadenciosamente
los ecos del perpetuo
y oxidado grito.

Rojo,
quetzal rojo;
nos vendaron los ojos y no supimos
si fueron aquellos que juraron protegernos
o los que se declararon enemigos,
nos callaron a punta de pistola,
nos rompieron los tobillos,
nos dieron descargas eléctricas en los genitales,
nos violaron,
una vez tras otra
y
cuando volvió a ocurrir
prometieron que sería la última vez
y nos mintieron,
nos golpearon tanto,
tantas veces
y con tal fuerza,
que un día;
la costumbre
nos dijo al oído
que ya dejó de dolernos
y le creímos.

Rojo,
quetzal rojo;
rojo sangre del valiente,
rojo sangre del cobarde,
rojo sangre del que dispara,
rojo sangre del que nunca supo qué o quién lo mató,
rojo sangre de la madre,
rojo sangre del padre,
rojo sangre del hijo,
rojo sangre de todos
los convertidos en una oveja
que gracias a irresponsables ganaderos,
 quedó a merced del lobo.

Rojo,
quetzal rojo;
rojo amargo,
rojo que fue reemplazando al negro
como símbolo de luto,
rojo desde el mismo rojo
y que de tanta muerte
se hincharon sus ojos de tal manera
que ya no le quedaron lágrimas
y se ha cansado de ser rojo
y a una estrella fugaz
le ha pedido ser rosa
o al menos violeta.

Rojo, quetzal rojo;
te juro que creí que navegábamos
en la misma dirección;
hemos olvidado quienes somos
y hacia donde íbamos.


Rojo, quetzal rojo;
duérmete ya;
si es que no nos interpusimos
en la congelada sinfonía de la pistola;
mañana será otro día
en el que nuestros barquitos de papel
llenos
de hombrecillos camuflados
con tinta negra poesía;
saldrán del puerto de la mano derecha
y con la única intención
de golpearle la bragadura
a los demonios de la violencia.

Rojo, quetzal rojo;
no es nada personal,
es sólo que en el ojo de una tormenta
a la que probablemente
le falten estallidos;
nos dimos cuenta
lo hastiados que estamos del rojo.



EL APOCALIPSIS DEL NAVEGANTE

I

Del viento con la ropa de lana sucia
en el cuerpo de sus corderos;
descubrí que el ojo izquierdo
de la tempestad en la que eternamente viven las sirenas;
era una puerta
cuyo rechinido
imitando a las eternas lamentaciones
de quienes lo han perdido todo,
indicaban su apertura.

II

Vi a Caribdis;
oscilando
las perpetuamente oscuras aguas,
en un infantil abismo
que tiembla de miedo
mientras el monstruo, solitario;
permanece a la espera
de ese Ulises
que suspendido en el encanto de Circe,
en el deseo de Calipso
o en las inacabables charlas con Eolo;
para malestar de quien todo lo devora;
ha vivido
eternamente retrasado.

II

Vi un Adonis
de traje blanco
producto del brutal impacto de las refracciones
que en la luz duermen
como damas de cuento a la espera de un beso;
sostenía un caracol
que al dejar libre
el hipocampo del aliento en su interior;
indiscretamente
repetía
una vez tras otra
ciertas cosas que sospechábamos;
como que a las nereidas no les gustan
esos pretendientes malos perdedores
que dejan caer montañas encima de otro;
con un lenguaje tal
que la pequeña Galatea (dicen)
hizo llorar a Polifemo.

III

Vi una mujer fraguada en cristal melancólico
que a la tierra se inclina para besarla al unísono con su millón de hermanas;
todas ellas educadas en la misma legión
instituida por mis ancestros;
con sus labios rozan los pies de Gea
suavemente, para que estos no sufran
una voraz ofensiva
de la sal con la que se han pintado los labios
y rápidamente retornen al cielo
para volver a descender las veces que sean necesarias
mientras el espíritu de Dios se encuentre triste.

IV

Vi a un Dédalo que
en silencio
y como única moneda
de un mendigo;
a las húmedas entrañas azules
les ha extirpado
un trozo de esperanza
que le permita reunirse
nuevamente con Ícaro;
mientras las masacres del Minotauro
o las rabietas de Minos;
son gacelas pastando en el Hades.

V


Y tras un golpe de aquella puerta,
mismo que se esconde en el travieso tritón
que te moja el rostro;
escuché
un emocionante blues
coreado por nueve ángeles;
la normalidad,
infanta berrinchuda sin su dosis mortífera de azúcar,
me abofeteó al ritmo cansino
de un timón expulsando  a la embarcación de su trayectoria.

Después…

Todo fue niebla.




El abrazo reconfortante

A la mano que sostiene
la batuta mortuoria;
dedos vacilantes que
en un movimiento
pueden iniciar el estallido;
sinfonía del ángel viajando al abismo.

Al rostro al que
alertan,
hieren,
someten
y en el sendero
que va de la cueva del dragón con traje sastre
hacia el cubículo;
se torna
en arena de playa
que el viento deforma con un soplo.

Al pequeño fruto
en el árbol de la vida;
que en el desayuno
tiene un plato lleno de ofensas.

A la madre,
a la hija;
residente y exilada
de los sitios al que los seres de luz
temen volver
por aquellas que se convirtieron
en aperitivo para la injusticia
y tristes efigies
del silencio.

A los que no necesitan
de la lógica del hombre
para saber que quienes creyeron sus amigos;
al contemplar el signo de la muerte
escrito en las pupilas,
les han abandonado.

A los que arrojaron botellas
con flores de tinta negra poema
hacia la garganta de Poseidón
y ahora mismo
continúan en el puerto,
esperando una respuesta.



A aquellos
cuyo fruto vital;
por posesión de un fantasma
que huele a realidad,
se les ha ido pudriendo.

A los que elevan su voz,
a los que se quedaron sin ella
y a los que no la tienen.

A quienes pudieran haberse escapado
de un sitio en la historia
o en los recuerdos.

®José N. Méndez

lunes, 17 de junio de 2013

Lunes 24 de Junio en Palabras Urgentes: Mar Ruiz


Presenta este Lunes 24 de Junio
en vivo a las 17:30 horas por
Código DF


Estará con nosotros 

Mar Ruiz

con su poemario
 "Cuervo de asfalto"

Mis palabrasexiliadas
recorren loscallejones
buscando lascaderas de aquella
que vendeinstantes de olvido.


Además nuestras secciones de siempre:
Cada quien su boca, Notas Imprescindibles y la Escritorpedia.
Una producción de Código DF.
Conduce Andrés Castuera-Micher

lunes, 10 de junio de 2013

Alberto Martínez Castañeda presenta en "Cada quien su Boca" de Palabras Urgentes (10 de Junio 2013)


ALBERTO MARTÍNEZ CASTAÑEDA

este es el link de la entrevista completa:

Rosario.

Rosario,

entiende la suavidad del hombre,

no creas en las voces

ni en los suplicios de los los cubos,

entérate de sus miedos y formas,

de sus ecos y sombras,

no enfades tu mano tibia y serena...

Es el desprecio de las cosas,

la desigualdad

entre el color y las manchas,

la entereza del débil

y la comodidad del poderoso,

son sus voces,

los secretos,

las caídas,

endemoniados fetos

y amalgamas de lo incierto.

Entonces,

cuando comprendas

el silencioso rumor del pecho abierto,

hablarás de otras cosas,

encenderás las luces y los misterios,

la paz nunca tuvo dueño,

ni pudo tenerlo,

las muertes siempre rondan

en los techos acartonados

y en los ojos cristalinos.

Temerás de la vertiginosa marea de sueños,

de la insoportable carga,

de las frustraciones de los vivos

y la decadencia de los muertos,

los muertos,

los mil veces muertos,

los que aún viven muertos.

Entiende Rosario,

estoy enloquecido,

estoy de prisa a que comprendas

y dejes de llamarme lisiado,

que no vean tus ojos

estas piernas transparentes,

estos brazos torcidos de miseria,

que a través de mi cuerpo

mires los espejos,

soy tú,

Rosario,

soy tu cuerpo,

soy tu marca de enfermo nacimiento,

soy,

Rosario,

un dibujo,

un boceto del deseo

que tuviste de parir hijos,

pero los hijos tuyos,

los que no vinieron,

esperarán otro útero más pleno,

al que nada le falte,

un útero en que haya pan,

vino y cerezas.

Rosario,

has tenido tiempo de encontrarme,

entre tantos cadáveres

y formas que trae la marea,

este soy yo,

como lo son todos,

imposibilitado de las piernas

y de las manos

pero la boca,

Rosario,

la boca no me la calla nadie.

Sangre.
Y sin más se abrió la puerta,
el viento arremetió
sobre los huesos de la casa,
las paredes temblaron en concreto.
No sé qué hay en tus ojos,
ni las manchas
que nublan tu hemisferio,
no entiendo
la compleja marcha de tus pasos,
pero te extraño,
la sonrisa,
la mueca vulgar de bienvenida.
Apareciste lejos,
en silencio,
apareciste,
entre las manos de lo incierto,
la cólera infame de tu pecho
se apoderó de la palabra
y del viento.
Todos guardan un silencio absurdo,
gimen en secreto,
lloran la noche de tu ausencia,
yo estoy pensando en tu frente,
en tu pie vagabundo y solo,
estoy mirando,
sangre mía,
esperando tu voz
y tu vuelta.

Tengo una necesidad de ti,
que es tan tuya,
que no me pertenece,
una gana infinita de tenerte,
una espera fría, alargada,
desmemoriada y sola.
Tengo una ausencia grosera,
que en las tardes menta tu nombre,
que te dice a oscuras,
cuando cierro los ojos,
y que se abre,
como una flor sin tallo,
como una piedra que no duele.
Tengo un vacío hasta las venas,
que no entiende lo que hablo,
y dice mansamente que estoy solo
y en esa soledad te tengo,
como un juguete que no sirve,
como un hambre de dos de la mañana.
Tengo un llanto infranqueable y quieto,
una impaciencia que se agota
entre las palabras que dice la almohada
y las incoherencias que responden las paredes.
Es un vicio tan amargo,
tan silencioso y roto,
arrugado,
mal hecho,
mal dicho y necio.
Te tengo a ti,
como una sombra,
como un vapor en la ventana.
Tengo estas ganas marchitas y toscas,
amargadas y sucias.

Hay árboles
que mecen la cintura,
y escarban la raíz
desde su entraña,
que viajan,
que arrastran ramas,
y lloran,
árboles
que son hombres,
que de tanto verlos
abrasan.
Árboles
que aman,
y también árboles
que callan.

VI

Todo el tiempo

se detienen los rostros,

las ajenas y vivas margaritas,

desde este sitio,

en que faltas

y falta el viento,

los ojos,

las manos y el cabello,

cenizas,

inquietantes miradas.


Estuve pensando,

Molina,

pensaba tus alas rotas

y tus cascos centinelas,

les di forma,

acabada la hora de la sombra,

entendí la máquina viviente de tus piernas,

atendí tu llanto,

espejo de la muerte sin muerte,

lago de un fauno viejo,

solo,

lleno de un vacío

sanguinolento.


Antes caminaste,

viajabas,

a todas partes del cuerpo,

como gusano ágil,

delirante, molina.


Las plazas de tu muslo

hacen estampas,

cunas blancas,

arrullan escalones y cristales,

aúllan en recibidores,

en recámaras obscuras,

Molina,

dame el beso de la muerte,

estigma

y sol de hielo.




®Alberto Martínez Castañeda