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lunes, 10 de agosto de 2015

Arturo Texcahua presenta en "Cada quien su boca" de Palabras Urgentes (10 Agosto 2015).


ARTURO TEXCAHUA


En el refrigerador

Cuando ella dijo se acabó la estranguló hasta matarla. Descansó del esfuerzo acomodándose a su lado. Las manos aún le temblaban. Ahora estaba muerta, lo había comprobado: no respiraba y su corazón estaba inmóvil. Vio su cara relajada y lloró diciéndose estúpido.
Unas horas antes habían tenido sexo y lo habían disfrutado. Si no lo hubiera provocado... Después de jugar con él había querido tirarlo en el retrete como un papel usado. Perra, seguía viendo al idiota del marido que decía haber abandonado. Solo mentiras, maldita traidora. Se lo tenía bien merecido.
Siguió llorando un rato. Después pensó en el cuerpo y en la cárcel. La ofuscación dio paso al terrible suceso. La había matado y su futuro estaba en peligro. ¿Cómo escaparía de esta? Estaba en el departamento de ella. Era viernes, nadie la buscaría antes del lunes, y aunque la buscaran pensarían que había salido de fin de semana. Si limpiara y acomodara todo para que no quedara rastro de su presencia. Si escondiera bien el cadáver la declararían desaparecida. Con que él no dijera nada. Buscó algo en que llevárselo. No había nada apropiado que lo ocultara. Sacarla envuelta en una cobija era muy obvio. Además, cómo se la llevaría. Si su tío le prestara su camioneta y un contenedor de plástico la tiraría sin testigos en alguna barranca o la sepultaría donde no la encontraran. Pero eso sería hasta el domingo por la noche. Mientras diría a todos que estaba bien cuando la dejó y simularía un intercambio de mensajes posteriores entre sus teléfonos móviles. Como prueba de su inocencia mostraría los mensajes salvadores. Una coartada perfecta. Era un buen plan, se convenció, pero tendría que esperar al domingo. ¿Y mientras? Con este calor el cadáver podría descomponerse y producir mal olor. Si lo pudiera mantener frío. ¿Por qué no? Sacó lo poco que había en el refrigerador, quitó los entrepaños y metió el pequeño cuerpo como pudo. Quedó como un feto en su placenta, con las manos cerca de su cara como buscando una oración imposible y con la única ropa acostumbrada para dormir: unas pequeñas calcetas de rayas de colores. En su cuerpo había huellas evidentes de la intensidad del amor, eran marcas del deseo, señales de la lujuria posesiva que los había hecho cómplices, evidencias del sexo obsesivo y gustoso, de los encuentros anodinos con la carne, de las citas dominadas por el antojo que inspiran el temor y la emoción de ser descubiertos en un acto prohibido, en medio del atrevimiento, inmersos en la aventura.
Apagó todas las luces, cerró bien la puerta y salió de la casa aliviado por sus magníficos planes. El muy ingenuo no imaginó en ese momento que unas horas más tarde el esposo regresaría sorpresivamente, hallaría el cuerpo, vendría la policía y más de una prueba lo inculparían sin lugar a dudas.



La Liebre
Podría ser flojo y engreído, pero La Liebre tenía muy en alto el concepto del honor. Lo había aprendido de sus padres, y ellos de los suyos, y aquellos de los propios en una genealogía cuyo origen se perdía en el tiempo. El honor era una tradición familiar muy arraigada. Había notorias pruebas en el vestíbulo de su casa: relucientes fotografías de premiaciones de abuelos, tíos, primos y hermanos adornaban las paredes. Trofeos y diplomas comprobaban triunfos y primeros lugares en pruebas de una misma categoría: las carreras; carreras de velocidad, de 100, 200 o 400 metros; carreras de resistencia, de cinco, veinte o 50 kilómetros. El honor se había consolidado gracias a la fuerza y potencia de las piernas de una familia hecha para correr. No fue raro, por ello, que al entrar a su casa fuera otro; su derrota lo había transformado en un ser sensato pero inseguro. Hubiera querido pasar desapercibido, pero al cruzar la sala, sus padres lo sorprendieron con miradas acusadoras y una silenciosa reprobación que lo dijo todo. Por la tarde, su madre lo visitó en su recámara y explicó que su padre estaba tan avergonzado por la derrota que había decidido no salir a la calle por un buen tiempo. Lo veía mal, el disgusto lo había enfermado. El honor de la familia estaba hecho pedazos y de qué forma, una derrota tan humillante y estúpida. Más tarde su hermano menor fue más preciso. Deberías matarte, no sé con qué cara has caminado por las calles. Pero de inmediato se desdijo, asustado por sus propias palabras. Vete de aquí, aléjate de la familia.
La Liebre abandonó su hogar por la madrugada. No se despidió de nadie. Fue al puerto más próximo y se embarcó hacia un lugar muy lejano, donde nadie lo reconociera y pudiera adquirir otro nombre. No volvió a correr; alguna limitación sicológica no se lo permitía. Pero compartió su experiencia preparando a otros y a los hijos que tuvo de un matrimonio reparador.
Nunca volvió al escenario de la afrenta.



Caperucita
Todos sabían en el pueblo que Caperucita odiaba a su abuela. La obligación de llevarle alimentos ocasionaba discusiones continuas entre madre e hija. También se sabía que las amistades de la adolescente no eran muy recomendables. El Lobo, como le decían al más malandrín de los habitantes del bosque, no hacía otra cosa que depredar a quien podía. Su relación con Caperucita inspiraba rumores y habladurías. Sin embargo, El Lobo fue otra de las víctimas de la inteligente jovencita. Lo convenció de que matara a la abuela y luego lo culpó de intentar hacer lo mismo con ella. El pobre Lobo fue objeto de los usos y costumbres del lugar, por tanto fue linchado y quemado vivo ante la indiferencia de la policía. La versión que todos conocemos es una ocurrencia del esposo de Caperucita, un escritor mediocre con poca imaginación, ansioso de fama y con muy mala suerte, porque hasta hoy nadie ha sabido su nombre.


Momentos
I. Tras despertar por primera vez juntos, se multiplicaron los acontecimientos significativos y gratos con ese deleite del principio, y se fueron enrareciendo con la marca insípida de la rutina: vino el primer aniversario, el primer hijo, la primera discusión grave, el primer desacuerdo, la primera amenaza de divorcio.
II. Nos amamos, nuestros corazones están unidos por la felicidad en medio de una maravillosa situación que nos ha permitido crecer con pleno respeto del otro. Cada uno lidia con su trabajo, convive con sus amigos, visita a su familia, se dedica a sus proyectos, utiliza su teléfono inteligente y tiene su Facebook.

III. ¿Divorcio? Decidimos algo mejor. Habitaciones distintas, baños distintos, televisores distintos, encuentros sexuales distintos, un mismo y feliz hogar.



® Arturo Texcahua. "Ceñir la Palabra", Trajín Literario.

viernes, 7 de agosto de 2015

Lunes 10 de Agosto en Palabras Urgentes: Arturo Texcahua

presenta este 
Lunes 10 de Agosto de 2015

en vivo a las 17:30 horas por


estará con nosotros el escritor 

Arturo Texcahua






presentando su libro  Ceñir la Palabra
bajo el sello de Trajín Literario





"Cuando ella dijo se acabó la estranguló hasta matarla. Descansó del esfuerzo acomodándose a su lado. Las manos aún le temblaban. Ahora estaba muerta, lo había comprobado: no respiraba y su corazón estaba inmóvil. Vio su cara relajada y lloró diciéndose estúpido."


Además de nuestras secciones:

Cada quien su boca
Notas Imprescindibles
Escritorpedia

Conduce: Andrés Castuera-MIcher
Palabras Urgentes
Las escritoras y escritores tienen la palabra.

lunes, 28 de octubre de 2013

Arturo Texcahua presenta en "Cada quien su boca" de Palabras Urgentes (28 de octubre 2013)



ARTURO TEXCAHUA


DESPUÉS DEL ECLIPSE

Postergando cualquier otro asunto para llegar a las partes más altas del valle, cruzamos una ciudad impresionada por el acontecimiento que vendría del cielo. El suceso había sido un pretexto más para estar juntos y olvidar la oficina y el empleo de las quincenas amparados por otra mentira.
Al final del preámbulo que las estrellas habían dado a nuestra amistad, lo esperamos emocionados y complacidos como estudiantes adolescentes de pinta. Nos acomodamos en la misma piedra, satisfechos del alegre contagio de nuestras miradas insistentes y nuestras sonrisas espontáneas.
Como estaba previsto, vimos cómo la luna cubrió al sol por entero y la oscuridad llegó por unos minutos a la mitad del día.
En medio de esa pequeña noche, busqué su mano y la apreté. La complació el gesto, y como respuesta me dio un beso con sabor a menta y promesas. Fue una sorpresa para mí porque era el primero y todavía no lo esperaba.
Después seguimos a los astros, a pesar de algunas nubes.
–Es maravilloso –dije sin quitar la vista del eclipse.
–Sí –aprovechó la palabra para acercar su cuerpo.
Fue entonces que lo hizo. Abrió un poco su boca como alentada por ese tiempo extraordinario que no tenía palabras ni en el día ni en la noche, tomó aire oprimiéndome con la fuerza de una idea que repentinamente se había apropiado de todas las expectativas inmediatas y me dijo no viéndome, igual que una dueña, sin temor a encontrarme en ese impreciso momento de lúbricas percepciones.
–Quiero estar contigo.
Primero me entristecí, sentí que algo se deslizó por un boquete de mi cabeza. Eso me dio pena, una profunda pero breve pena. Siguió lo evidente: ya sin preámbulos, aligerado del cortejo y las sutilezas, sin la ansiedad de la incertidumbre, hice a un lado el episodio celeste, y me complací de mi futuro sacando una sonrisa, también de lo posible.



DE LOS SUEÑOS

De una boca salió un bostezo largo y abierto que denunció el mal y se escurrió por los ojos de los asistentes en un rápido contagio. Como se sabe, después nada pudo interrumpir la repetición de este acto. Del sueño mortal que siguió sólo escaparon los indolentes, que ni esto pudo conmoverlos, y quienes, acostumbrados a huir de todo, intuyeron el peligro y se alejaron de la reunión, a pesar de que los sueños impedían la visibilidad y enrarecían el ambiente.


Nunca pudo soñar nada, ni despierto ni dormido. Es cierto que se manifestaban indicios de que algún sueño pudiera atravesar su vida, pero ejercía su autoridad con tan admirable aplicación, que incluso cuando él dormía, también dormían los sueños.


Era incapaz de soñar, el insomnio lo disminuía y le quitaba fuerzas. Lo irónico era que encontraba sueños por todas partes. Lo perseguían en el metro, lo acompañaban en el trabajo, lo sorprendían en la clase de inglés o lo amagaban en la biblioteca. Aun en el parque o viendo televisión había sueños que lo acorralaban. Cuando iba a la cama, sospechaba que, como él, se ponían la pijama y se acomodaban a su lado, listos para no dejarlo dormir.


Perdió la cuenta de los borregos, y disgustado y movido por esa obsesión enfermiza que siempre lo dominaba, ahuyentó el sueño que casi lo poseía, y de nuevo inició el conteo.


Enterado de los descuentos, se dirigió a la tienda para conseguir sueños a mitad de precio. Lidió con otros la oportunidad de hallar un sueño que además de gustarle, fuera de su talla. Lamentablemente todos buscaban lo mismo. Por eso, cuando al fin vio un sueño brillante, placentero y lleno de promesas, comprendió que se alejara de su alcance, arrebatado, unas décimas de segundo antes, por un comprador más resuelto.


Estoy disgustado con mi pasado, ha sido dominado por sueños holgazanes y sin futuro, que no se comprometen con nada. ¿Qué no hay un sueño formal que se case conmigo?


Cuando mudó de vida perdió aquel sueño que había sostenido su matrimonio con pincitas. Ya ves, ¿para qué te divorciaste?


“Reparo sueños”, promesa de un psicoanalista en los anuncios clasificados.


Déjame confesarte que el otro día encontré un sueño debajo de la cama. Ya ni me acordaba de él. Simplemente lo había olvidado. Era un valioso sueño que de inmediato acomodé entre la codicia y la pasión, donde siempre pudiera verlo, porque tiene forma de esperanza.

Fue un asesino implacable de sueños. No conforme con matar los suyos, cuando tuvo oportunidad se ocupó de otros causando una terrible desolación en el futuro del pueblo. Incluso el día de su ejecución pudo matar algunos sueños: no mostró arrepentimiento frente al sacerdote que esperaba salvar su alma y sonrió displicente ante el verdugo que confiaba verlo derrumbarse, como la mayoría, suplicando inútilmente un perdón de última hora.

Era un sueño huérfano, evidentemente sin madre ni padre. Nadie sabía su procedencia. Unos se inclinaban por la generación espontánea. Otros hallaban sólida la conjetura de que un viento del norte lo había traído de un bosque maldito. Los menos, tal vez con mayor certeza, vieron su origen en oscuras investigaciones realizadas subrepticiamente. Lo cierto es que desde que llegó, aquel sueño desmoronó la ancestral solidez de todos, nada quedó en pie. El sueño huérfano fue demoledor como toda nueva, original y perspicaz ocurrencia.

Se divertía con los sueños como si fueran globos llenos de agua, igual que juguetes para distraer el tiempo serio, del mismo modo que una invención fantástica rompe el tedio de una tarde. Reía de sus dimensiones caprichosas, se burlaba de su materia transparente, anulaba sus significados formales. Por eso, cuando quiso refugiarse entre sus paredes, no pudo encontrar albergue porque habían adquirido la plenitud de la materia.




COBIJADO POR EL SUELO

Parece el final, pero aún espero que ocurra algo.
El teléfono está en la mesa, con la agenda y los números de las urgencias, los anteojos, la cartera, algunos plátanos, dos saleros, varias servilletas, cinco libros, tres cajas con medicinas, las cartas de mi hermana, el diario de hoy y otros de fechas pasadas, una nota de amor, un bolillo duro, cuatro vasos sucios, medio refresco de un litro, un cuchillo, un plato, un tenedor y dos cucharas. Inalcanzables objetos para satisfacer necesidades.
Percibo el burbujear de la bomba en la pecera, el motor del refrigerador, el escándalo televisivo y el ronroneo dulce del gato cerca de mi oído. Minúsculas porciones de la calle y de la ciudad rebasan las ventanas. Una mosca me ronda con un zumbido maleante.
Mis párpados gritan sueño y temo escucharlos.
Veo las patas de la silla, las telarañas polvorientas del techo y parte del sofá con ojos de párvulo.
El libro que leía está cerca de mi mano.
La caricia áspera del minino en mi mejilla y su mirada entornada no alejan las punzadas agudas en mi pecho y el frío del piso.
Mis débiles piernas y los brazos también inútiles no pueden contra el lastre de grasa de cien kilos que me anclan al suelo.
Pero no estoy solo, me acompañan vividores  –irónica ayuda, inútil compañía– como el gato, el pez y los insectos que comen todo lo que encuentran.
El dolor me ha domeñado una y otra vez, trato de ahuyentar lo soezmente; pero sirve más inventar mentiras para olvidarlo y soñar que lo remontaré a tiempo, aunque parezca improbable: en el programa de visitas nadie viene hoy. Pero quizá uno de mis entenados –de los dos que pueden entrar porque tienen llave de mi departamento– abra la puerta y modifique el desenlace. Muerta su madre, sus visitas se han vuelto irregulares; paso muchos días sin verlos; para los desagradecidos ya no existo.
La mosca zumbadora es atrapada por el felino, es mi héroe con su hocico feroz y sus garras depredadoras.
La televisión sigue diciendo frases incomprensibles que no descifro disminuido de mis capacidades.
He permanecido aquí un periodo corto pero muy intenso. Si pudiera levantarme...
Lo peor es la esperanza; uno la tiene siempre, parece ser que hasta el último segundo, incluso yo que declaraba, con mis ochenta años y medio y putrefacto, mil veces lo retrasado de esta cita.
Pero ha llegado, inexorable, necesaria, dolorosa. Está aquí, ahora lo entiendo, se acomoda a mi lado con su gélido silencio, me abruma como el dolor que regresa y me oprime igual que una tonelada de años y décadas.
El sueño, este sueño que me envuelve y me cobija maternalmente, es una fuerza inexorable que me encamina, a pesar de mis inútiles objeciones, por un borroso sendero de atroces miedos.


®Arturo Texcahua

lunes, 21 de octubre de 2013

Lunes 28 de Octubre en Palabras Urgentes: Arturo Texcahua


Presenta este Lunes 28 de Octubre de 2013
en vivo a las 17:30 horas por
Código DF


Al escritor:

Arturo Texcahua

que compartirá con nosotros 
"Después del Eclipse" y otros relatos...


La mosca zumbadora es atrapada por el felino, 
es mi héroe con su hocico feroz y sus garras depredadoras.

La televisión sigue diciendo frases incomprensibles que no descifro disminuido de mis capacidades.

He permanecido aquí unperiodo corto pero muy intenso. Si pudiera levantarme... 


Ademas nuestras secciones:
Notas Imprescindibles,  Cada quien su boca y la Escritorpedia.
Una producción de Código DF.
Conduce Andrés Castuera-Micher