jueves, 8 de julio de 2010
Armando Valdovinos presenta en Cada quien su boca de Palabras Urgentes (8 de julio 2010)


No soy dueño de mi vida
de Armando Valdovinos García, 3er lugar Certamen Letras en Llamas
No podía imaginarme la realidad. En un lugar cerrado como un cuarto, una nave o una bodega, en tan sólo veinte o treinta minutos, la temperatura interior alcanza más de ochocientos grados centígrados. Considerando que un pastel se cocina a trescientos cincuenta grados, es una temperatura de verdad infernal y asfixiante. Pero eso no es todo, el humo es tan denso que una buena lámpara de halógeno no ilumina a más de medio metro. El rugir del fuego se escucha como el bramido de una gran bestia que amenaza con devorar y destruir todo a su paso. No se pueden ver las llamas, sólo, a muy corta distancia, el humo rojo. El bombero tiene que localizar lo que se llama el foco del incendio para poder atacarlo, pero lo hace sin verlo, guiándose sólo por el oído, por un sonido pequeño que emite el incendio llamado crepitación, éste es el sonido del material combustible, como la madera que truena suave cuando la brasa empieza a fraccionarse hasta convertirse en ceniza.
—Ya son diecinueve.
—¿Y qué experiencias has tenido?
—Pues son muchas y de todo un poco —le digo a Macario y le cuento de otro primo mío que es sacerdote. Resulta que cuando él era seminarista dio una platica o algo así, personificando a un obispo. Llevaba puesto un añillo en su dedo anular derecho, el mismo que llevan puesto los obispos, y a cada cosa que decía, haciendo alusión a las respetabilidades de un obispo, agarraba su mano y repetía: “¡Ay, cuánto me aprieta este anillo!” Él se refería al compromiso que aquel anillo le daba en su ministerio.
Los bomberos somos hombres y mujeres de carne y hueso, tenemos familia y no estamos locos ni tampoco drogados. No queremos burlar a la muerte en cada servicio. Sólo le pedimos al creador que nos permita regresar a casa para abrazar a los nuestros y decirles que por ellos y para ellos trabajamos.
—¿Qué ha sido lo más difícil que has vivido? —, me pregunta Macario.
Lo más difícil, me respondo, es sin duda enfrentar a los familiares de las víctimas. Especialmente a las madres, frente a sus hijos muertos, cuando tienes que juntar y unir pedazos de humanidad, pedazos del rostro y sostenerlos unidos para que sus familiares intenten reconocerlos, para que el forense tome una fotografía de archivo. En lo personal, me impactan los niños cuando, hechos pedazos, los recogemos en los accidentes automovilísticos, por exceso de alcohol y velocidad de los adultos. Algunas veces los niños quedan sin huesos, los tomas de sus ropas y parecen bolsas de agua. En esos momentos siento mucha rabia contra los adultos.
El drama de rescatar en las aguas negras de los canales a bebés de tan sólo días de nacidos, que son lanzados al canal vivos y dentro de una bolsa de plástico. Es terrible ver a esos seres indefensos, tan pequeños y vulnerables.
Tampoco he olvidado el horror de una explosión de cohetes en Xochimilco, en las fiestas del Niñopa. Una mujer que cocinaba se elevó por los aires unos cien metros y cayó en forma de lluvia en la colonia. En bolsas y cubetas recogimos heces humanas en los techos de las casas. En el follaje de los árboles había jirones de sus piernas enredados. En la calle me enfrenté a unos perros callejeros para quitarles unas vértebras de la columna. Los perros estaban todos con el pelaje erizado y muy bravos. Me dio la impresión de que los perros traían el diablo adentro, lucían espantosos con el pelaje así y los grandes dientes se asomaban al aire. Se rehusaban a dejarme los pedazos de la mujer, amenazando con atacarme en jauría. Seguramente su actitud era también por la explosión que los asustó. Pero la fiesta continuó como si nada pasara. Al día siguiente, cuando llegué a casa, prendí el televisor y justo entonces un reportero de Televisa señalaba en la pantalla el pedazo que le quité a los perros mientras decía: “a los pobres seres humanos se nos dotó de cinco sentidos, sólo para no entender nada.”
Cuando estás rescatando los cadáveres, las personas, especialmente familiares, se te van encima, te empujan, te maldicen, te golpean, te corren, pero todo hay que entenderlo y no perder el control. Ellos ya lo perdieron, no son conscientes de lo que hacen en esos momentos.
Nos enseñan en el curso básico de capacitación que el bombero no debe llorar ante el drama, sino que debe ser el soporte emocional de las personas. Yo sigo siendo de carne y hueso y nunca se alcanza la suficiente costumbre ante el drama humano. Los llantos y alaridos de los familiares son desgarradores, aunados al dantesco espectáculo que ofrece un cuerpo colgado por el cuello, al que debemos levantar, desatar y entregarlo a sus deudos.
—Pancho, ¿y no te da miedo tu trabajo y los muertitos? —, pregunta Macario.
—Cuando pierda el miedo en mi trabajo, será el final de mi vida —le digo—. El miedo te obliga a tomar todas las precauciones posibles, sin menoscabo de la emergencia. Los muertitos a menudo se me pegan. No me dejan dormir.
—¿Qué haces al respecto? —, dice Macario.
—Una oración por su descanso. Le ofrezco una veladora a alguien a quien no conocí, alguien de quien ni siquiera supe el nombre al que respondía. Algunas veces la presencia de esos muertos no me abandona hasta que mando celebrar una misa en su memoria. La tragedia humana, Macario, siempre se vive, mientras esperamos a la carroza fúnebre. Mirando los cadáveres, ellos, en completo silencio, te cuentan parte de su historia, el drama de su vida y el de su muerte.
—Fue por todo eso, Macario, que hace unos años me pegó muy fuerte la impotencia, el dolor y la vergüenza de no poder llegar a tiempo para salvar la vida a las personas. Pensé muy en serio renunciar y causar baja. Me sentía inútil. Sentía que denigraba aquel glorioso uniforme azul. Medité por un tiempo y decidí que eso era lo mejor, que yo no tenía nada que hacer en esa corporación. Entonces, justo antes decidirme por el retiro, me cayó el veinte: “pero si yo no soy dueño ni de mi vida”, me dije. “Mucho menos de la vida de los demás. Sólo el Creador es dueño y cuando Él llama, nadie se puede resistir. Él decide cuando nos da la oportunidad de saborear la miel del triunfo sobre la muerte; o la hiel, cuando nada se puede hacer.”
Hoy sigo llevando a cuestas esa triste realidad y pidiendo que cada jornada sea mi gran día para servir, retando a la Muerte y a mi propia muerte. Que Dios cuide a todos los que trabajamos en constante peligro hasta que llegue el día que Él corte nuestro camino.
lunes, 5 de julio de 2010
Palabras Urgentes presenta este 8 de Julio a las 5 PM

Cuarto capítulo y ultimo de la serie de programas del proyecto “Letras en llamas” en que miembros del heróico cuerpo de bomberos del Distrito Federal se acercan a la experiencia de la creación literaria. En esta occasion nos acompaña en bombero Armando Valdovinos, un héroe silencioso que comparte sus experiencias más conmovedoras a través de la escritura.
jueves, 10 de junio de 2010
jueves, 13 de mayo de 2010
El bombero Sergio Santillán Pérez presenta en CADA QUIEN SU BOCA DE PALABRAS URGENTES

Al estar en contacto directo con la tragedia y los riesgos, éstos parecen decirnos: “¡Atiende el mensaje! La vida no es una comedia, va más allá de cumplir con el ciclo biológico”.
A mi comentario, el compañero Felipe responde:
—El mensaje al que te refieres, también lo he percibido. Al principio me recordaba mi condición de mortal, me daba miedo y tristeza, como cuando uno va a un funeral. Ahora, después de muchos años de ser testigos de tantas desgracias, trato de ser más amable, me intereso por las personas que me rodean, las escucho,
trato de comprenderlas. La influencia no sólo es de las experiencias.... He dicho bien: trato. Me es difícil. En nuestro entorno predomina el egoísmo sobre el bien común, se anteponen las conveniencias a los ideales. Después de todo, los bomberos somos un extracto de la comunidad a la que pertenecemos.
—Dime en qué conviertes lo que comes y te diré quién eres, ja, ja, ja.... —ése es José María.
Está a unos metros, avanza hacia nosotros. Ajeno al diálogo, parece sin embargo complementarlo. Trato de contener la risa, hasta que me provoca dolor abdominal.
—¿Que manera de saludar es ésa? —, le reprocha Felipe.
—¿Qué quieren? La picardía es patrimonio nacional. Además, ya está protegida de la censura, je, je, je.
I
Una barda separa a la estación de la escuela primaria. De vez en cuando se escucha un timbre, acompañado de un clamor alegre, sólo comparable con el trino de los pájaros, que anuncia las actividades escolares.
En el mes de marzo, antes de la Semana Santa, la estación de bomberos fue visitada por los niños de la primaria. Venían acompañados de sus mayores, pidiendo que les ayudáramos a resolver el cuestionario de su libro de texto:
“¿Porqué es bombero?”
“¿Le gusta ser bombero?”
Es común que se conteste al mismo tiempo a las dos preguntas, de manera burda: “Me gusta ayudar a la gente, desde niño quise ser bombero”. En cambio, el que se justifica: “Soy bombero por la escasez de empleos en el país o porque no estudié lo suficiente”, está obligado a explicar el gusto por la profesión.
Después de cuatro lustros de trabajo, los porqués se vuelven secundarios. Cualquier parte de nuestro trabajo, como rescatar un animal o librar a un árbol de las llamas, deja un sentimiento de satisfacción personal, sin necesidad de hacer gala del circunstancial acto. Aunque nadie puede jactarse de no jactarse.
“¿Qué tan responsable eres en tu oficio?”, debió de ser una de las preguntas del cuestionario. Se debe ser más directo, si se quiere cumplir con el objetivo principal de la entrevista, en este caso, conocer de nuestra profesión.
II
Al igual que mis compañeros, soy uno de los mil trescientos bomberos del Distrito Federal. Entre todos, hacemos lo posible por atender decenas de miles de servicios de emergencia al año. La estadística no dice lo que hay dentro de esas cifras. No todas las emergencias son atendidas con éxito, algunas escapan a nuestras fuerzas. Eso causa una inquietud, deja un rescoldo en el corazón. Al menos eso me pasa a mí.
“¿Un accidente, en especial, que recuerde?”, me pregunta el visitante en turno, en compañía de su hijo, lápiz en mano, muy atento para escribir en el cuaderno. El hombre entrecierra los ojos, hasta convertirlos en dos rendijas oscuras que dejan escapar un brillo de luz. Entrelaza los dedos de las manos, al tiempo que las eleva hasta la frente, a manera de visera. Su cara tiene un antifaz de sombra.
—¿Hubo muertos?
La pregunta no es parte del cuestionario
No le es suficiente la nota roja de los periódicos. Vagamente contesto que los rescates de personas atrapadas en los choques... etcétera. Después de varias preguntas y de haberles mostrado las herramientas de mi trabajo, se despiden.
La pregunta me mueve al recuerdo de una mujer olvidada, muerta en su habitación.... nadie se acordó de invitarle un ponchecito de nochebuena. Hoy, la frase tendría que escribirse diferente: “no sólo olvidamos a los muertos. Solemos también olvidar a los vivos que ya no nos sirven”.
Mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Felipe, cuando irrumpe en la estancia con un grupo de jóvenes universitarios. Todos lo escuchan con atención:
—…los incendios en los edificios no son del todo previsibles, pero tampoco son producto de la casualidad. Son resultado de la negligencia, y en general, de la falta de cultura en materia de prevención que hay en nuestro país.
”El sentido común es torpe. Un peritaje para determinar si un edificio es seguro debe hacerse periódicamente por varios profesionales certificados en la materia. A los bomberos nos corresponde elaborar un mapa de riesgos en las zonas respectivas. A las autoridades, hacer cumplir a los particulares las recomendaciones específicas, mediante los decretos. Sin embargo, esto no siempre es así, y entonces ocurren las tragedias.
”Las tragedias no se miden por litros de sangre, número de víctimas o por la impresión que hayan provocado. La gravedad está en la irresponsabilidad de todos.”
Felipe y el grupo se alejan, su voz se pierde. He notado una leve afectación en su semblante. No es para menos, es por el suceso de anteayer. Ese mismo día, cuando llegó del servicio, en la penumbra del dormitorio, sin ser todavía de noche, parecía hablar para sí mismo, como tratando de darse una explicación, o buscando un consuelo. Decía:
—El infierno no es simbología, ni alegoría de via crucis. Sin estar en Tierra Santa, vivimos lo nuestro.
—No sufras, no sirve de nada.
—Pero, ¿cómo no? Esa infamia… ¡Ay, la niña!... Cuatro años. Asesinada por quienes debieron amarla y protegerla… sepultada en el piso firme de la habitación donde dormían. Ahí estaba, fresca en su tina de baño. ¿Quién dice que los actos de los hombres no merecen ni los cielos ni los infiernos?... ¡No se puede cavar y cantar! Un rescate es cosa seria, uno no se acostumbra.
III
—Han de tener psicólogo… —me han preguntado más de una vez, esperando un sí como respuesta.
—No lo tenemos, tratamos de liberar la tensión comentándonos el suceso.
En la estación trabajamos pocos bomberos. Convivimos mientras esperamos la infausta llamada de emergencia. Aunque no todo es convivir. Alguien con autoridad reconocida dijo: “Todo adulto es un neurótico.”
Y así es... con alguna carga emocional de nuestra profesión, tenemos además los problemas de cualquier persona común. Tratamos de centrarnos en el trabajo y finalmente en nuestras pláticas delatamos los problemas.
La hora de la comida es la del desahogo.
—Tengo un citatorio —nos dice el compañero Felipe, haciendo la comida a un lado.
Por la gravedad de su aspecto y por la manera en que lo dijo, pensamos que se refería a un juzgado.
—Es de la escuela de mi hija —continúa el compañero—. Que por que estaba jugando en la ceremonia cívica... los maestros también tienen parte de culpa: enseñan de manera mecánica los principios cívicos y éticos. No resaltan los valores, no conocen la historia, apuesto que no saben quién fue Juan Álvarez…
Y la emprende contra nosotros.
—Apuesto que tampoco lo saben ustedes...
Nadie le contesta. De Beni, no nos extraña, habla poco. Come casi con devoción, siempre bien peinado y aseado. Finalmente esboza una sonrisa apenas perceptible.
Una bocina en la calle anuncia un candidato para las elecciones de julio próximo.
—Los enemigos son los del mismo oficio— continúa Felipe, cambiando de tema, al escuchar la propaganda—. Si no, que lo digan los políticos. No pelearían tanto si ganaran el mínimo. Ejercen la política como un oficio más —dice, pecando de ingenuo—. Deberían, con esos recursos, politizar a la gente.
—El espíritu del derecho es la libertad —dice Beni, como recordando una lección aprendida—. La esperanza nunca es vana.
Se hace un silencio.
—¡No sean así!—, dice José María, recomenzando la plática—. ¿A poco quieren más días económicos? Deberían de ser más responsables, es un servicio público. Nos debemos a la ciudadanía. Además, somos muy pocos para este monstruo de ciudad. ¡Ningún derecho sin obligación!
—Chema tiene razón. ¡Ninguna obligación sin derecho! —, dice Felipe.— ¡Como si no fuera suficiente con los servicios de emergencia!
—Hoy en la noche juega México, ojalá ahora sí gane —dice el compañero Carlos, ignorando el tema. Lo dice mientras lee el encabezado de un periódico. Se refiere al fútbol.
IV
De pronto, suena la alarma de fuga de gas.
—Es en la calle de Allende, entre Miguel Hidalgo y LEA —dice José María, extendiendo un papel con los datos
—¿LEA de leer?—, pregunta Felipe, irónico.
—No. Son las iníciales de Luis Echeverría Álvarez —responde Carlos.
Y sin otro afán o pensamiento que llegar lo más pronto posible, ahí vamos.
“El gas licuado a presión es más peligroso que el humo”, pienso.
Pese a nuestros deseos, circulamos a vuelta de rueda por la avenida Ojo de Agua. Es menos que una calle, doble circulación, coches estacionados a izquierda y derecha. El ruido de la sirena de poco vale. El embotellamiento vehicular nos demora, es la hora de la salida de las escuelas.
—¡Escandalosos!—, grita un peatón.
Después de salvar los obstáculos, al fin llegamos a la puerta.
—¡Bomberos!—, anuncia Felipe, con voz fuerte—. Nos reportaron una fuga de gas. Abra, por favor.
—No pasa nada —responde una voz masculina, con tono inseguro.
Después de insistirle, por fin abre la puerta.
Beni, enérgico, le reclama:
—¿Por qué esconde el tanque de gas, no ve que es peligroso?
—No pasa nada, son residuos —insiste el hombre, escondiendo en la espalda sus manos—. Sé lo que hago.
—Por eso mismo —le replica Beni—. Si supiera, no lo habría vaciado. Está exponiendo su vida y la de los demás.
Después de vaciar más de cien litros de agua y algunos litros de cloro en el drenaje, Beni tranquiliza al hombre con las mismas palabras:
—Ahora no pasa nada, pero no lo vuelva a hacer.
V
Ya relajados en la estación, en la hora de asueto, volvemos a nuestros temas habituales.
—¿Qué pasó en la revisión del contrato colectivo de trabajo? ¿Qué ha habido?—, pregunta Beni.
—Entramos al paquete económico, no pinta nada bien. Dice el funcionario de la oficialía mayor que no hay dinero... que la gripota recrudeció la crisis.
—Siempre lo mismo, nosotros siempre estamos en crisis: sin aportación de la patronal a la vivienda ni a las pensiones, sin un servicio médico adecuado. Cierto, en el issste nacieron mis hijos, en su momento fueron bien atendidos. Ahora, el servicio es pésimo, no hay medicamentos.
El compañero no disimula su pesar. Le conozco desde hace más de veinte años. Lleva, en este tiempo, sólo dos ascensos, poco significativos. Su mirada es de preocupación. Un sucio rayo de luz le da en la cara. Parece no molestarle.
Por la tarde, Beni hace el informe del servicio, que se concluye con el formulismo de siempre: “El regreso, sin novedad”. Es decir, llegamos sanos y salvos.
Beni, vuelve al tema:
—¿Y las comisiones mixtas?
—Ayer firmamos el reglamento de capacitación. Esperemos que no sea letra muerta—dice Felipe, interviniendo en la plática—. En este país las leyes no se cumplen, la misma Constitución no se cumple. Como decía el padre de la Constitución, ése que salía en los billetes: “Respétese, pero no se cumpla”. Esperemos que no sea el caso.
—Por mi parte —les digo—, pienso que está en nosotros hacerla cumplir. Mañana es la asamblea ordinaria. Ojalá, ahora sí, haya orden y dejen a los secretarios dar el informe. Nadie sabe escuchar, menos entender. Un sindicato es algo más que conseguir pesos...
—Completamente de acuerdo —interrumpe José María—. No tienen educación. “A ver”, dijo el presidente de la mesa de debates, al inicio de la asamblea pasada, “¿Quién quiere que dé el informe? ¿Quién vota a favor de que dé el informe? Alcen la mano. Bien. ¿Quién vota en contra? Muy bien. Por unanimidad, no doy el informe”.
—¿Pero qué iban a informar? —, pregunta Beni—. No tenían nada qué decir, sólo se dedicaron a vegetar. El verdadero trabajo está en la revisión del contrato colectivo. Mira, que decir que el pliego de peticiones era una carta a los Reyes Magos. ¡Qué estupidez!
—¿Y tú hablas de derecho, libertad y esperanza?—, reclama José María.
—¿Cómo quedó México?—, pregunta un compañero, ignorando el tema.
—Perdió dos a uno —contesta Carlos.
—En eso sí somos perseverantes —interviene Felipe—, pero necios. El ganar no sólo es producto del querer, sino de tener cualidades. Es como si quisiéramos que un novato, paisano nuestro, ganara el campeonato del mundo en ajedrez… ni en sueños.
—El símil no vale, hay un abismo —concluye José María—. Patear y pensar no es lo mismo. No es lo mismo, je, je, je... el interés está puesto en trivialidades. ¡Queremos goles, no frijoles! Je, je, je…
jueves, 6 de mayo de 2010
El bombero Santos Nicolás presente en Cada quien su boca de "Palabras Urgentes" (6 de mayo 2010)


(Certamen “Letras en Llamas”, 2009. Segundo lugar)
Un día como tantos en la selva de concreto, en la estación de bomberos de
Iztapalapa, donde todo parece ser siempre lo mismo, encontramos al Demonio, un bombero de apenas tres años de servicio y veintidós de edad, escombrando su locker. Rompe y tira papeles que ya no le sirven, mientras escucha La hora de los adoloridos en su pequeño radio. Apenas se entiende la música que sale de él. De pronto, el Peterete llega a su pasillo en dormitorio y le pregunta:
— ¿Qué ondas, compadre, en cuál vas?
Responde el Demonio, después de exhalar un suspiro:
— En la camioneta 400. Andamos cazando abejas, ¿y tú?
Responde el Peterete:
—Yo, en la primera de incendio. Ya sabes. Y tú, ¿por qué tienes cara de buey cansado? demonio:
Pues así me he sentido últimamente, hijo.
peterete: ¿Y eso a qué se debe?
demonio: La neta es que recuerdo mucho a mi ex torta, me trae arrastrando la cobija y por todos lados la pienso.
peterete: Chale. ¿Y por qué chafiaron?
demonio: Ya sabes, ella no daba el ancho.
peterete: Órales.
demonio: No, no es cierto, la verdad es que un día que estábamos de mal humor nos mandamos muchos kilómetros lejos cada quien, pero me cai que me gustaría volver a estar
con ella. Extraño caminar por las calles con ella, en ocasiones ando de a perro por las calles y se siente gacho y cuando salimos a un servicio de emergencia hasta me dan ganas de tirarme de la bomba, pero no lo hago porque me va a doler un chingo…
De pronto, suena la alarma: ¡riiiiiiing! ¡riiiiiing!
peterete: ¿Sí, verdad? Es gacho, pero mira, mejor al rato platicamos. Ahorita me voy al chamuscón a rifarme el físico. A la hora de nuestra guardia platicamos chido y te confiesas, ¿va? Al cabo, los dos hacemos la misma guardia en el radio y los teléfonos de tres a cinco de la mañana, ya me fijé en los papeles de la guardia —le dice al Demonio, mientras corre para bajarse rápidamente por el tubo.
Ya estando de guardia en el radio, a las tres de la madrugada y después
de tomar una merecida siesta, comienza de nuevo la plática entre nuestros heroicos bombones.
demonio: …y sí, güey, que le digo, la neta, mejor luego nos vemos. Ella no dijo nada, y
cuando se iba quiso darme un beso en el cachete, pero me hice el digno, la rechacé, se subió a su microbús y se fue a la goma. Y a partir de ese día bla
bla bla bla bla bla bla —media hora después, más—: bla bla bla bla bla y así fue esa triste
historia de amor, compadre.
peterete: ¡El Señor de la Manguera nos agarre confesados.
demonio: Perame, deja le doy fin a mi cafecito.
Y, después de dar el último trago, continúa:
—Pues sí, como te decía, ahora quisiera que alguien me diera el beso que le rechacé aquel
día a mi torta. Aunque sea que me lo diera un perro. El otro día se me acercó
un pinche perrote. Pensé que se iba a dejar acariciar, pero ni mais, lo que
quería el mendigó era morderme, el muy desgraciado. ¡Vale queso!
peterete: Así es este negocio, brother, pero no te agüites, al rato se te pasa todo este malestar.
demonio: Sí, ¿verdad?
peterete: Órale, compadre, chúpale. ¿Ya cuánto falta para que termine la guardia?
demonio: Todavía falta una hora y ya no hay nescafé. Y de veras, ¿qué has hecho?
¿Has buscado a tu ex chava para hablar con ella?
demonio: La he buscado, pero de seguro ya tiene otro buey. Sentiría re gacho
verla con otro mono y no quiero hacerle ningún pinche teatrito. En fin, bueno, vamos a reposar tantito.
Terminando la frase se toma la cabeza con ambas manos y se recarga en el escritorio, mientras que su compañero le dice:
peterete: Bueno pues, pero no te vayas a enconchar, ¿eh, buey? Luego quién va a contestar los teléfonos.
Unos momentos después, sacudiendo al Demonio, que ya tiene sus ojitos mirando para adentro, el Peterete dice:
demonio: ¿Eh? ¿Ya acabó la guardia? Ah, sí, pérame —incorporándose—, ya voy.
demonio: ¿Pensando? A poco ya piensas…
demonio: ¿Y quién es ese buey que dices?
demonio: El Cupido… ¿Y quién es ese mono, qué hace o qué vende?
demonio: No manches, cómo que el Cupido, te pasas. ¿Te diste un toque en lo que me dormí, verdad, güey?
demonio: ¿Y dónde lo vamos a buscar?
demonio: Bueno pues, pero antes vamos a hacer talacha, yo aseo la bomba y tú la camioneta. ¿Qué te parece?
Dando las siete de la mañana, y terminado el servicio, el Demonio y el Peterete proceden de inmediato a guardar sus disfraces de héroes anónimos —su equipo personal contra incendio—, así como a bañarse y perfumarse, para no despedir olores extraños en su largo viaje en el metro, hasta la estación de San Antonio Abad de la línea dos. Ya en la entrada del edificio, se topan con un vigilante que les corta el paso.
peterete: Este… sabe, andamos buscando al licenciado Cupido.
demonio y peterete: Gracias.
peterete: Buenos días ¿Licenciado Cupido…?
demonio: Pues por eso estamos aquí.
peterete: Martes.
El secretario se retira a un privado.
peterete: Pues ya ves güey, tú que no crees… Ojalá que se mochen con algo, porque ya me está dando un chingo de sed y hambre.
secretario: Dice mi jefecito que sí los va a atender, sólo que lo esperen un momento más.
demonio: Bueno, pueeees…
cupido: Bueno, en efecto, yo soy Cupido y no me llamen licenciado Cupido, por favor. Sólo Cupido, a secas.
Cupido: Bueno, mira… en primera, ahorita estoy en horas de trabajo humano, porque tengo que sacar monedas para dar el gasto en la casa, puesto que tengo esposa y angelitos que mantener. Estos tiempos no están como para sólo vivir a expensas de las ganancias producidas por las regalías de la publicidad que se me hace cada catorce de febrero para el consumo de ustedes. En segunda, está prohibido andar encuerado por las calles y las alitas la traigo bien tapaditas, porque con esto de la contaminación, terminan el día todas negras y sucias, y mi esposa hace su berrinche cuando me las tiene que lavar. Tercera, el arco y la flechas los tengo bien guardados, porque sale a la calle cada sonso que se quiere flechar con ellas a la primera radio-operadora buenota que se encuentra en su estación de bomberos, y como la otra sonsa no es la que le tocaba, de la pura decepción hasta se andan queriendo cortar las venas con una manguera de pulgada, para después decir que yo tuve la culpa.
cupido: Así es, entonces ustedes dirán en que puedo ayudarlos.
cupido: Mmmm… ¿y qué sientes, muchacho?
secretario: Ordene usted, jefecito —mientras hace una reverencia.
secretario: De inmediato, jefe. Voy y vuelvo, ni dos horas me tardo.
cupido: Pues más o menos. ¿Gustan tomarse algo, muchachos? Secretario, atiende a los jóvenes, a ver qué apetecen.
Se retira el secretario y regresa unos momentos después, con el expediente bajo el brazo y una charola con las bebidas, que reparte entre los presentes. Después entrega el expediente, mismo que Cupido lee con detenimiento y en silencio durante unos momentos. Terminada la lectura, Cupido dice:
demonio: Quiero saber por qué estoy como estoy por mi ex novia.
—Bueno, ya sé que es lo que me pasó… pero ahora, ¿qué debo hacer para poder vivir en paz? ¿O es que ya no voy a vivir chido?
De pronto, suena la alarma en toda la estación: ¡riiiiiiiing! ¡riiiiiiiiiing! El Peterete sacude del hombro al Demonio y le dice:
demonio (Despertándose de su sueño): ¿Cuál bomba?
