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jueves, 8 de julio de 2010

Video Palabras Urgentes: "Letras en Llamas 4, Armando Valdovinos García""

Armando Valdovinos presenta en Cada quien su boca de Palabras Urgentes (8 de julio 2010)



No soy dueño de mi vida

de Armando Valdovinos García, 3er lugar Certamen Letras en Llamas

No podía imaginarme la realidad. En un lu­gar cerrado como un cuarto, una nave o una bodega, en tan sólo veinte o treinta minutos, la temperatura interior alcanza más de ocho­cientos grados centígrados. Considerando que un pastel se cocina a trescientos cincuenta gra­dos, es una temperatura de verdad infernal y asfixiante. Pero eso no es todo, el humo es tan denso que una buena lámpara de halógeno no ilumina a más de medio metro. El rugir del fuego se escucha como el bramido de una gran bestia que amenaza con devorar y destruir todo a su paso. No se pueden ver las llamas, sólo, a muy corta distancia, el humo rojo. El bombero tiene que localizar lo que se llama el foco del incendio para poder atacarlo, pero lo hace sin verlo, guiándose sólo por el oído, por un sonido pequeño que emite el incendio llamado crepi­tación, éste es el sonido del material combusti­ble, como la madera que truena suave cuando la brasa empieza a fraccionarse hasta convertirse en ceniza.

Macario, mi primo, se muestra más impre­sionado e interesado en saber cuál es la vida de un bombero cuando le cuento que los pulmo­nes se queman por dentro, respirando el aire tan caliente y el humo tan denso. Qué manera de describir algo tan sencillo y tan real como es la muerte, que en otras circunstancias no nos pasa por la mente valorarla y entenderla.

—¿Cuantos años llevas, Pancho, haciendo este trabajo? —, me pregunta Macario.

—Ya son diecinueve.

—¿Y qué experiencias has tenido?

—Pues son muchas y de todo un poco —le digo a Macario y le cuento de otro primo mío que es sacerdote. Resulta que cuando él era se­minarista dio una platica o algo así, personifi­cando a un obispo. Llevaba puesto un añillo en su dedo anular derecho, el mismo que lle­van puesto los obispos, y a cada cosa que de­cía, haciendo alusión a las respetabilidades de un obispo, agarraba su mano y repetía: “¡Ay, cuánto me aprieta este anillo!” Él se refería al compromiso que aquel anillo le daba en su mi­nisterio.

—Sabes primo —le digo a Macario—, yo siempre repito: “¡Ay!, cuánto me aprieta este uni­forme que lleva impreso el nombre de heroico, por todos aquellos hermanos míos que perdieron la vida en el cumplimiento de su deber, salvando vidas de personas que nunca conocieron, cam­biando su vida por la de alguien más, alguien de quien nunca supieron ni el nombre”.

Sobre mis hombros pesa ese sello de heroico y es un peso muy agobiante. Aunque el equipa­miento personal pesa entre veintiuno y veinti­dós kilos, ése no es el problema, sino el peso de la responsabilidad. Puedes observar cómo los ciudadanos dan un suspiro de alivio cuando llegamos. Se sienten salvados y seguros. Para ellos no importa si el bombero que llega tiene diez años o un mes de servicio, para ellos to­dos somos profesionales y experimentados. No puedes fallarles. Confían en ti. Piensan que un bombero puede bailar hula-hula en medio del fuego con el equipo que porta. Aunque esto, claro, no sea así.

Los bomberos somos hombres y mujeres de carne y hueso, tenemos familia y no estamos locos ni tampoco drogados. No queremos bur­lar a la muerte en cada servicio. Sólo le pedimos al creador que nos permita regresar a casa para abrazar a los nuestros y decirles que por ellos y para ellos trabajamos.

En Estados Unidos los bomberos no arries­gan tanto la vida, intencionalmente, porque casi todas las casas y negocios están asegura­dos, pero no así en México. Somos conscientes de que aquí una casa habitación tiene detrás toda una vida de trabajo y esfuerzo por parte de sus dueños, es todo su patrimonio. Por esa razón nos la jugamos.

—¿Qué ha sido lo más difícil que has vivi­do? —, me pregunta Macario.

Lo más difícil, me respondo, es sin duda enfrentar a los familiares de las víctimas. Espe­cialmente a las madres, frente a sus hijos muer­tos, cuando tienes que juntar y unir pedazos de humanidad, pedazos del rostro y sostenerlos unidos para que sus familiares intenten reconocerlos, para que el forense tome una fotografía de archivo. En lo personal, me impactan los niños cuando, hechos pedazos, los recogemos en los accidentes automovilísticos, por exceso de alcohol y velocidad de los adultos. Algunas veces los niños quedan sin huesos, los tomas de sus ropas y parecen bolsas de agua. En esos mo­mentos siento mucha rabia contra los adultos.

El drama de rescatar en las aguas negras de los canales a bebés de tan sólo días de nacidos, que son lanzados al canal vivos y dentro de una bolsa de plástico. Es terrible ver a esos seres in­defensos, tan pequeños y vulnerables.

Tampoco he olvidado el horror de una ex­plosión de cohetes en Xochimilco, en las fiestas del Niñopa. Una mujer que cocinaba se elevó por los aires unos cien metros y cayó en for­ma de lluvia en la colonia. En bolsas y cubetas recogimos heces humanas en los techos de las casas. En el follaje de los árboles había jirones de sus piernas enredados. En la calle me en­frenté a unos perros callejeros para quitarles unas vértebras de la columna. Los perros esta­ban todos con el pelaje erizado y muy bravos. Me dio la impresión de que los perros traían el diablo adentro, lucían espantosos con el pelaje así y los grandes dientes se asomaban al aire. Se rehusaban a dejarme los pedazos de la mujer, amenazando con atacarme en jauría. Segura­mente su actitud era también por la explosión que los asustó. Pero la fiesta continuó como si nada pasara. Al día siguiente, cuando llegué a casa, prendí el televisor y justo entonces un re­portero de Televisa señalaba en la pantalla el pedazo que le quité a los perros mientras decía: “a los pobres seres humanos se nos dotó de cin­co sentidos, sólo para no entender nada.”

Cuando estás rescatando los cadáveres, las personas, especialmente familiares, se te van encima, te empujan, te maldicen, te golpean, te corren, pero todo hay que entenderlo y no perder el control. Ellos ya lo perdieron, no son conscientes de lo que hacen en esos momen­tos.

Nos enseñan en el curso básico de capaci­tación que el bombero no debe llorar ante el drama, sino que debe ser el soporte emocional de las personas. Yo sigo siendo de carne y hueso y nunca se alcanza la suficiente costumbre ante el drama humano. Los llantos y alaridos de los familiares son desgarradores, aunados al dan­tesco espectáculo que ofrece un cuerpo colgado por el cuello, al que debemos levantar, desatar y entregarlo a sus deudos.

—Pancho, ¿y no te da miedo tu trabajo y los muertitos? —, pregunta Macario.

—Cuando pierda el miedo en mi trabajo, será el final de mi vida —le digo—. El miedo te obliga a tomar todas las precauciones posibles, sin menoscabo de la emergencia. Los muertitos a menudo se me pegan. No me dejan dormir.

—¿Qué haces al respecto? —, dice Macario.

—Una oración por su descanso. Le ofrez­co una veladora a alguien a quien no conocí, alguien de quien ni siquiera supe el nombre al que respondía. Algunas veces la presencia de esos muertos no me abandona hasta que mando celebrar una misa en su memoria. La tragedia humana, Macario, siempre se vive, mientras es­peramos a la carroza fúnebre. Mirando los ca­dáveres, ellos, en completo silencio, te cuentan parte de su historia, el drama de su vida y el de su muerte.

No puedo olvidar aquel día de guardia: como a las 14:00 horas nos reportaron un in­cendio de casa habitación en Tulyehualco, Tlá­huac. Cuando llegamos, un cuarto del primer nivel estaba envuelto en llamas. Subimos con nuestras mangueras y sofocamos el incendio. Los vecinos decían que probablemente un niño estaba adentro y efectivamente, encontramos un cuerpecito calcinado, adherido a un col­chón quemado. La casa era un total desorden. Yo entré en un cuarto contiguo, en busca de una sábana para envolver el cadáver y encontré una montaña de cobijas y sábanas. Todo aquel amasijo de tela despedía un olor nauseabundo y picante, a orines secos otros más frescos. Me di cuenta cómo transcurría la vida de aquella criatura en ese lugar. Después, los vecinos nos contaron que el niño tenía como nueve años, que padecía síndrome de Down, que sus pies estaban encogidos por una embolia, que sus padres nunca lo sacaban a la calle, que siem­pre lo dejaban solo en casa, incluso amarrado de la cama. Confirmé mis primeras sospechas: el niño vivía batido en su propia inmundicia, solo y amarrado. Algunos comentaban que tal vez sus padres lo habían quemado. La policía judicial se quedó esperando el arribo de los pa­dres para presentarlos al Ministerio Público a declarar, pero eso no me tocaba a mí juzgarlo, ni presenciarlo. Bajamos las escaleras un com­pañero y yo, cargando el pequeño cadáver cal­cinado que me relataba silenciosamente, con su aspecto sereno, el calvario que fue su vida y lo horrible de su muerte, mientras gruesas lá­grimas lavaban lo negro de mis mejillas por el hollín y el humo. Para él ya había terminado todo, para mí apenas comenzaba. Todavía pido a Dios por su merecido descanso.

—Fue por todo eso, Macario, que hace unos años me pegó muy fuerte la impotencia, el do­lor y la vergüenza de no poder llegar a tiempo para salvar la vida a las personas. Pensé muy en serio renunciar y causar baja. Me sentía inútil. Sentía que denigraba aquel glorioso uniforme azul. Medité por un tiempo y decidí que eso era lo mejor, que yo no tenía nada que hacer en esa corporación. Entonces, justo antes decidirme por el retiro, me cayó el veinte: “pero si yo no soy dueño ni de mi vida”, me dije. “Mucho menos de la vida de los demás. Sólo el Creador es dueño y cuando Él llama, nadie se puede re­sistir. Él decide cuando nos da la oportunidad de saborear la miel del triunfo sobre la muerte; o la hiel, cuando nada se puede hacer.”

Hoy sigo llevando a cuestas esa triste reali­dad y pidiendo que cada jornada sea mi gran día para servir, retando a la Muerte y a mi pro­pia muerte. Que Dios cuide a todos los que tra­bajamos en constante peligro hasta que llegue el día que Él corte nuestro camino.

lunes, 5 de julio de 2010

Palabras Urgentes presenta este 8 de Julio a las 5 PM

“…un héroe anónimo nos comparte a través de la escritura lo más sentido de su vida entre las llamas, el dolor y la muerte, acompáñanos este 8 de julio en el capítulo final de Letras en Llamas”..

este 8 de julio a las 5 PM
en

por

Cuarto capítulo y ultimo de la serie de programas del proyecto “Letras en llamas” en que miembros del heróico cuerpo de bomberos del Distrito Federal se acercan a la experiencia de la creación literaria. En esta occasion nos acompaña en bombero Armando Valdovinos, un héroe silencioso que comparte sus experiencias más conmovedoras a través de la escritura.

jueves, 13 de mayo de 2010

El bombero Sergio Santillán Pérez presenta en CADA QUIEN SU BOCA DE PALABRAS URGENTES

HUMO
de Sergio Santillán Pérez

Al estar en contacto directo con la tragedia y los riesgos, éstos parecen decirnos: “¡Atiende el mensaje! La vida no es una comedia, va más allá de cumplir con el ciclo biológico”.

A mi comentario, el compañero Felipe res­ponde:

—El mensaje al que te refieres, también lo he percibido. Al principio me recordaba mi condición de mortal, me daba miedo y tristeza, como cuando uno va a un funeral. Ahora, des­pués de muchos años de ser testigos de tantas desgracias, trato de ser más amable, me intere­so por las personas que me rodean, las escucho,

trato de comprenderlas. La influencia no sólo es de las experiencias.... He dicho bien: trato. Me es difícil. En nuestro entorno predomina el egoísmo sobre el bien común, se anteponen las conveniencias a los ideales. Después de todo, los bomberos somos un extracto de la comuni­dad a la que pertenecemos.

—Dime en qué conviertes lo que comes y te diré quién eres, ja, ja, ja.... —ése es José María.

Está a unos metros, avanza hacia nosotros. Ajeno al diálogo, parece sin embargo comple­mentarlo. Trato de contener la risa, hasta que me provoca dolor abdominal.

—¿Que manera de saludar es ésa? —, le re­procha Felipe.

—¿Qué quieren? La picardía es patrimonio nacional. Además, ya está protegida de la cen­sura, je, je, je.

I

Una barda separa a la estación de la escuela pri­maria. De vez en cuando se escucha un timbre, acompañado de un clamor alegre, sólo compa­rable con el trino de los pájaros, que anuncia las actividades escolares.

En el mes de marzo, antes de la Semana Santa, la estación de bomberos fue visitada por los niños de la primaria. Venían acompañados de sus mayores, pidiendo que les ayudáramos a resolver el cuestionario de su libro de texto:

“¿Porqué es bombero?”

“¿Le gusta ser bombero?”

Es común que se conteste al mismo tiem­po a las dos preguntas, de manera burda: “Me gusta ayudar a la gente, desde niño quise ser bombero”. En cambio, el que se justifica: “Soy bombero por la escasez de empleos en el país o porque no estudié lo suficiente”, está obligado a explicar el gusto por la profesión.

Después de cuatro lustros de trabajo, los porqués se vuelven secundarios. Cualquier par­te de nuestro trabajo, como rescatar un animal o librar a un árbol de las llamas, deja un senti­miento de satisfacción personal, sin necesidad de hacer gala del circunstancial acto. Aunque nadie puede jactarse de no jactarse.

“¿Qué tan responsable eres en tu oficio?”, debió de ser una de las preguntas del cuestio­nario. Se debe ser más directo, si se quiere cum­plir con el objetivo principal de la entrevista, en este caso, conocer de nuestra profesión.

II

Al igual que mis compañeros, soy uno de los mil trescientos bomberos del Distrito Fe­deral. Entre todos, hacemos lo posible por atender decenas de miles de servicios de emer­gencia al año. La estadística no dice lo que hay dentro de esas cifras. No todas las emergencias son atendidas con éxito, algunas escapan a nues­tras fuerzas. Eso causa una inquietud, deja un rescoldo en el corazón. Al menos eso me pasa a mí.

“¿Un accidente, en especial, que recuerde?”, me pregunta el visitante en turno, en compañía de su hijo, lápiz en mano, muy atento para es­cribir en el cuaderno. El hombre entrecierra los ojos, hasta convertirlos en dos rendijas oscuras que dejan escapar un brillo de luz. Entrelaza los dedos de las manos, al tiempo que las eleva hasta la frente, a manera de visera. Su cara tiene un antifaz de sombra.

—¿Hubo muertos?

La pregunta no es parte del cuestionario

No le es suficiente la nota roja de los perió­dicos. Vagamente contesto que los rescates de personas atrapadas en los choques... etcétera. Después de varias preguntas y de haberles mos­trado las herramientas de mi trabajo, se despi­den.

La pregunta me mueve al recuerdo de una mujer olvidada, muerta en su habitación.... nadie se acordó de invitarle un ponchecito de nochebuena. Hoy, la frase tendría que escribir­se diferente: “no sólo olvidamos a los muertos. Solemos también olvidar a los vivos que ya no nos sirven”.

Mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Felipe, cuando irrumpe en la estancia con un grupo de jóvenes universitarios. Todos lo escuchan con atención:

—…los incendios en los edificios no son del todo previsibles, pero tampoco son producto de la casualidad. Son resultado de la negligencia, y en general, de la falta de cultura en materia de prevención que hay en nuestro país.

”El sentido común es torpe. Un peritaje para determinar si un edificio es seguro debe hacerse periódicamente por varios profesionales certifi­cados en la materia. A los bomberos nos corres­ponde elaborar un mapa de riesgos en las zonas respectivas. A las autoridades, hacer cumplir a los particulares las recomendaciones específi­cas, mediante los decretos. Sin embargo, esto no siempre es así, y entonces ocurren las tragedias.

”Las tragedias no se miden por litros de sangre, número de víctimas o por la impresión que hayan provocado. La gravedad está en la irresponsabilidad de todos.”

Felipe y el grupo se alejan, su voz se pierde. He notado una leve afectación en su semblante. No es para menos, es por el suceso de anteayer. Ese mismo día, cuando llegó del servicio, en la penumbra del dormitorio, sin ser todavía de noche, parecía hablar para sí mismo, como tra­tando de darse una explicación, o buscando un consuelo. Decía:

—El infierno no es simbología, ni alegoría de via crucis. Sin estar en Tierra Santa, vivimos lo nuestro.

—No sufras, no sirve de nada.

—Pero, ¿cómo no? Esa infamia… ¡Ay, la niña!... Cuatro años. Asesinada por quienes de­bieron amarla y protegerla… sepultada en el piso firme de la habitación donde dormían. Ahí esta­ba, fresca en su tina de baño. ¿Quién dice que los actos de los hombres no merecen ni los cielos ni los infiernos?... ¡No se puede cavar y cantar! Un rescate es cosa seria, uno no se acostumbra.

III

—Han de tener psicólogo… —me han pre­guntado más de una vez, esperando un sí como respuesta.

—No lo tenemos, tratamos de liberar la tensión comentándonos el suceso.

En la estación trabajamos pocos bomberos. Convivimos mientras esperamos la infausta lla­mada de emergencia. Aunque no todo es con­vivir. Alguien con autoridad reconocida dijo: “Todo adulto es un neurótico.”

Y así es... con alguna carga emocional de nuestra profesión, tenemos además los proble­mas de cualquier persona común. Tratamos de centrarnos en el trabajo y finalmente en nues­tras pláticas delatamos los problemas.

La hora de la comida es la del desahogo.

—Tengo un citatorio —nos dice el compa­ñero Felipe, haciendo la comida a un lado.

Por la gravedad de su aspecto y por la ma­nera en que lo dijo, pensamos que se refería a un juzgado.

—Es de la escuela de mi hija —continúa el compañero—. Que por que estaba jugando en la ceremonia cívica... los maestros también tie­nen parte de culpa: enseñan de manera mecá­nica los principios cívicos y éticos. No resaltan los valores, no conocen la historia, apuesto que no saben quién fue Juan Álvarez…

Y la emprende contra nosotros.

—Apuesto que tampoco lo saben ustedes...

Nadie le contesta. De Beni, no nos extraña, habla poco. Come casi con devoción, siempre bien peinado y aseado. Finalmente esboza una sonrisa apenas perceptible.

Una bocina en la calle anuncia un candida­to para las elecciones de julio próximo.

—Los enemigos son los del mismo oficio— continúa Felipe, cambiando de tema, al escu­char la propaganda—. Si no, que lo digan los políticos. No pelearían tanto si ganaran el mí­nimo. Ejercen la política como un oficio más —dice, pecando de ingenuo—. Deberían, con esos recursos, politizar a la gente.

—El espíritu del derecho es la libertad —dice Beni, como recordando una lección aprendida—. La esperanza nunca es vana.

Se hace un silencio.

—¡No sean así!—, dice José María, reco­menzando la plática—. ¿A poco quieren más días económicos? Deberían de ser más respon­sables, es un servicio público. Nos debemos a la ciudadanía. Además, somos muy pocos para este monstruo de ciudad. ¡Ningún derecho sin obligación!

—Chema tiene razón. ¡Ninguna obligación sin derecho! —, dice Felipe.— ¡Como si no fue­ra suficiente con los servicios de emergencia!

—Hoy en la noche juega México, ojalá aho­ra sí gane —dice el compañero Carlos, ignoran­do el tema. Lo dice mientras lee el encabezado de un periódico. Se refiere al fútbol.

IV

De pronto, suena la alarma de fuga de gas.

—Es en la calle de Allende, entre Miguel Hidalgo y LEA —dice José María, extendien­do un papel con los datos

—¿LEA de leer?—, pregunta Felipe, iróni­co.

—No. Son las iníciales de Luis Echeverría Álvarez —responde Carlos.

Y sin otro afán o pensamiento que llegar lo más pronto posible, ahí vamos.

“El gas licuado a presión es más peligroso que el humo”, pienso.

Pese a nuestros deseos, circulamos a vuelta de rueda por la avenida Ojo de Agua. Es menos que una calle, doble circulación, coches esta­cionados a izquierda y derecha. El ruido de la sirena de poco vale. El embotellamiento vehi­cular nos demora, es la hora de la salida de las escuelas.

—¡Escandalosos!—, grita un peatón.

Después de salvar los obstáculos, al fin lle­gamos a la puerta.

—¡Bomberos!—, anuncia Felipe, con voz fuerte—. Nos reportaron una fuga de gas. Abra, por favor.

—No pasa nada —responde una voz mas­culina, con tono inseguro.

Después de insistirle, por fin abre la puer­ta.

Beni, enérgico, le reclama:

—¿Por qué esconde el tanque de gas, no ve que es peligroso?

—No pasa nada, son residuos —insiste el hombre, escondiendo en la espalda sus ma­nos—. Sé lo que hago.

—Por eso mismo —le replica Beni—. Si supiera, no lo habría vaciado. Está exponiendo su vida y la de los demás.

Después de vaciar más de cien litros de agua y algunos litros de cloro en el drenaje, Beni tran­quiliza al hombre con las mismas palabras:

—Ahora no pasa nada, pero no lo vuelva a hacer.

V

Ya relajados en la estación, en la hora de asueto, volvemos a nuestros temas habituales.

—¿Qué pasó en la revisión del contrato co­lectivo de trabajo? ¿Qué ha habido?—, pregun­ta Beni.

—Entramos al paquete económico, no pin­ta nada bien. Dice el funcionario de la oficialía mayor que no hay dinero... que la gripota re­crudeció la crisis.

—Siempre lo mismo, nosotros siempre es­tamos en crisis: sin aportación de la patronal a la vivienda ni a las pensiones, sin un servicio médico adecuado. Cierto, en el issste nacieron mis hijos, en su momento fueron bien atendi­dos. Ahora, el servicio es pésimo, no hay medi­camentos.

El compañero no disimula su pesar. Le co­nozco desde hace más de veinte años. Lleva, en este tiempo, sólo dos ascensos, poco significa­tivos. Su mirada es de preocupación. Un sucio rayo de luz le da en la cara. Parece no moles­tarle.

Por la tarde, Beni hace el informe del ser­vicio, que se concluye con el formulismo de siempre: “El regreso, sin novedad”. Es decir, llegamos sanos y salvos.

Beni, vuelve al tema:

—¿Y las comisiones mixtas?

—Ayer firmamos el reglamento de capacita­ción. Esperemos que no sea letra muerta—dice Felipe, interviniendo en la plática—. En este país las leyes no se cumplen, la misma Consti­tución no se cumple. Como decía el padre de la Constitución, ése que salía en los billetes: “Res­pétese, pero no se cumpla”. Esperemos que no sea el caso.

—Por mi parte —les digo—, pienso que está en nosotros hacerla cumplir. Mañana es la asamblea ordinaria. Ojalá, ahora sí, haya orden y dejen a los secretarios dar el informe. Nadie sabe escuchar, menos entender. Un sindicato es algo más que conseguir pesos...

—Completamente de acuerdo —interrum­pe José María—. No tienen educación. “A ver”, dijo el presidente de la mesa de debates, al ini­cio de la asamblea pasada, “¿Quién quiere que dé el informe? ¿Quién vota a favor de que dé el informe? Alcen la mano. Bien. ¿Quién vota en contra? Muy bien. Por unanimidad, no doy el informe”.

—¿Pero qué iban a informar? —, pregun­ta Beni—. No tenían nada qué decir, sólo se dedicaron a vegetar. El verdadero trabajo está en la revisión del contrato colectivo. Mira, que decir que el pliego de peticiones era una carta a los Reyes Magos. ¡Qué estupidez!

—¿Y tú hablas de derecho, libertad y espe­ranza?—, reclama José María.

—¿Cómo quedó México?—, pregunta un compañero, ignorando el tema.

—Perdió dos a uno —contesta Carlos.

—En eso sí somos perseverantes —intervie­ne Felipe—, pero necios. El ganar no sólo es producto del querer, sino de tener cualidades. Es como si quisiéramos que un novato, paisano nuestro, ganara el campeonato del mundo en ajedrez… ni en sueños.

—El símil no vale, hay un abismo —con­cluye José María—. Patear y pensar no es lo mismo. No es lo mismo, je, je, je... el interés está puesto en trivialidades. ¡Queremos goles, no frijoles! Je, je, je…

jueves, 6 de mayo de 2010

Video Palabras Urgentes: "Letras en llamas 1" con el bombero Santos Nicolás

El bombero Santos Nicolás presente en Cada quien su boca de "Palabras Urgentes" (6 de mayo 2010)


Bombones de Amor
de Santos Nicolás Torres González

(Certamen “Letras en Llamas”, 2009. Segundo lugar)

Un día como tantos en la selva de concreto, en la estación de bomberos de

Iztapalapa, donde todo parece ser siempre lo mismo, encontra­mos al Demonio, un bombero de apenas tres años de servicio y veintidós de edad, escom­brando su locker. Rompe y tira papeles que ya no le sirven, mientras escucha La hora de los adoloridos en su pequeño radio. Apenas se entiende la música que sale de él. De pronto, el Peterete llega a su pasillo en dormitorio y le pregunta:

— ¿Qué ondas, compadre, en cuál vas?

Responde el Demonio, después de exhalar un suspiro:

En la camioneta 400. Andamos cazando abejas, ¿y tú?

Responde el Peterete:

—Yo, en la primera de incendio. Ya sabes. Y tú, ¿por qué tienes cara de buey cansado? demonio:

Pues así me he sentido última­mente, hijo.

peterete: ¿Y eso a qué se debe?

demonio: La neta es que recuerdo mucho a mi ex torta, me trae arrastrando la cobija y por todos lados la pienso.

peterete: Chale. ¿Y por qué chafiaron?

demonio: Ya sabes, ella no daba el ancho.

peterete: Órales.

demonio: No, no es cierto, la verdad es que un día que estábamos de mal humor nos man­damos muchos kilómetros lejos cada quien, pero me cai que me gustaría volver a estar

con ella. Extraño caminar por las calles con ella, en ocasiones ando de a perro por las calles y se siente gacho y cuando salimos a un servicio de emergencia hasta me dan ganas de tirarme de la bomba, pero no lo hago porque me va a doler un chingo…

De pronto, suena la alarma: ¡riiiiiiing! ¡riiiiiing!

peterete: ¿Sí, verdad? Es gacho, pero mira, mejor al rato platicamos. Ahorita me voy al cha­muscón a rifarme el físico. A la hora de nuestra guardia platicamos chido y te confiesas, ¿va? Al cabo, los dos hacemos la misma guardia en el radio y los teléfonos de tres a cinco de la maña­na, ya me fijé en los papeles de la guardia —le dice al Demonio, mientras corre para bajarse rápidamente por el tubo.

Ya estando de guardia en el radio, a las tres de la madrugada y después

de tomar una mere­cida siesta, comienza de nuevo la plática entre nuestros heroicos bombones.

demonio: …y sí, güey, que le digo, la neta, mejor luego nos vemos. Ella no dijo nada, y

cuando se iba quiso darme un beso en el cache­te, pero me hice el digno, la rechacé, se subió a su microbús y se fue a la goma. Y a partir de ese día bla

bla bla bla bla bla bla —media hora después, más—: bla bla bla bla bla y así fue esa triste

historia de amor, compadre.

peterete: ¡El Señor de la Manguera nos agarre confesados.

demonio: Perame, deja le doy fin a mi ca­fecito.

Y, después de dar el último trago, conti­núa:

—Pues sí, como te decía, ahora quisiera que alguien me diera el beso que le rechacé aquel

día a mi torta. Aunque sea que me lo diera un perro. El otro día se me acercó

un pinche pe­rrote. Pensé que se iba a dejar acariciar, pero ni mais, lo que

quería el mendigó era morderme, el muy desgraciado. ¡Vale queso!

peterete: Así es este negocio, brother, pero no te agüites, al rato se te pasa todo este ma­lestar.

demonio: Sí, ¿verdad?

peterete: Órale, compadre, chúpale. ¿Ya cuánto falta para que termine la guardia?

demonio: Todavía falta una hora y ya no hay nescafé. Y de veras, ¿qué has hecho?

¿Has buscado a tu ex chava para hablar con ella?

demonio: La he buscado, pero de seguro ya tiene otro buey. Sentiría re gacho

verla con otro mono y no quiero hacerle ningún pinche teatri­to. En fin, bueno, vamos a reposar tantito.

Terminando la frase se toma la cabeza con ambas manos y se recarga en el escritorio, mien­tras que su compañero le dice:

peterete: Bueno pues, pero no te vayas a enconchar, ¿eh, buey? Luego quién va a contes­tar los teléfonos.

Unos momentos después, sacudiendo al Demonio, que ya tiene sus ojitos mirando para adentro, el Peterete dice:

- Órale buey, ya terminó la guardia. Vete por el relevo, yo aquí los espero.

demonio: ¿Eh? ¿Ya acabó la guardia? Ah, sí, pérame —incorporándose—, ya voy.

peterete: ¿Sabes algo? Ahorita que te que­daste jetón, estuve pensando que...

demonio: ¿Pensando? A poco ya piensas…

peterete: Sí, aunque no lo creas, a veces pienso un poco. Mira, yo conozco a un ruco que te puede a solucionar tus conflictos amo­rosos.

demonio: ¿Y quién es ese buey que dices?

peterete: Pues le dicen el Cupido.

demonio: El Cupido… ¿Y quién es ese mono, qué hace o qué vende?

peterete: No seas buey, el de los enamora­dos, el que usa flechas y todo lo demás.

demonio: No manches, cómo que el Cu­pido, te pasas. ¿Te diste un toque en lo que me dormí, verdad, güey?

peterete: En serio. Si no lo crees, vamos al rato que salgamos de trabajar a buscarlo, para que te convenzas, pero si no quieres, pos no y ya.

demonio: ¿Y dónde lo vamos a buscar?

peterete: Pues en el edifico de la Direc­ción, allí en las oficinas de San Antonio. Unos cuates me platicaron de él, dicen que a otros les ha ayudado en sus asuntos y ahora se la llevan cachetona.

demonio: Bueno pues, pero antes vamos a hacer talacha, yo aseo la bomba y tú la camio­neta. ¿Qué te parece?

peterete: Ándale pues, a ver qué pasa.

Dando las siete de la mañana, y terminado el servicio, el Demonio y el Peterete proceden de inmediato a guardar sus disfraces de héroes anónimos —su equipo personal contra incen­dio—, así como a bañarse y perfumarse, para no despedir olores extraños en su largo viaje en el metro, hasta la estación de San Antonio Abad de la línea dos. Ya en la entrada del edi­ficio, se topan con un vigilante que les corta el paso.

vigilante: ¿A dónde, muchachones?

peterete: Este… sabe, andamos buscando al licenciado Cupido.

vigilante: ¿Al licenciado Cupido? Cupido… Cupido… Ah, sí. El de relaciones públicas.

peterete: Sí, ese mero.

vigilante: Bueno, pues el día de hoy no lo he visto. Apenas ayer andaba festejando el año nuevo todavía, pero pásenle, a ver si se encuen­tra. Su despacho en el sexto piso está al fondo a la derecha.

demonio y peterete: Gracias.

Caminan ambos hasta llegar a la oficina. Tocan a la puerta, misma que es abierta por un sujeto vestido de blanco, con apariencia simpá­tica, pero con la cruz a cuestas.

secretario: Buenos días. ¿Qué desean?

demonio: Órale buey, te hablan —jalando de brazo al Peterete.

peterete: Buenos días ¿Licenciado Cupi­do…?

secretario (interrumpiéndolo): Discul­pe señor, pero yo no soy Cupido. El licenciado Cupido es mi jefecito, yo sólo soy su dieciséis, así que por favor díganme en que puedo ayu­darlos.

peterete: Deseamos consultarlo.

secretario: Bueno, mi jefecito sólo atien­de de lunes a viernes, y siempre que traigan su identificación y último recibo de pago.

demonio: Pues por eso estamos aquí.

secretario: Achís, ¿pues qué día es hoy?

peterete: Martes.

secretario: ¡Chin! Entonces tenemos que atenderlos. Pásenle —abriéndoles el paso—. Ahorita le aviso al licenciado que están ustedes aquí. A ver qué dice.

El secretario se retira a un privado.

demonio: Chale, ya me estoy creyendo que sí existe el Cupido. ¿Y viste a su gato? Se ve que estuvo chupando, ¿verdad?

peterete: Pues ya ves güey, tú que no crees… Ojalá que se mochen con algo, porque ya me está dando un chingo de sed y hambre.

En ese momento sale el secretario del privado.

secretario: Dice mi jefecito que sí los va a atender, sólo que lo esperen un momento más.

Regresa por donde había llegado. Unos momentos después sale, invitándolos a pasar mientras abre la puerta en su totalidad. Pasan

ambos al privado que es pequeño, limpio y con las paredes pintadas de colores claros. En el fondo se encuentra un tipo trajeado de blanco, con apariencia delicada y tierna a simple vista, que les dice:

cupido: Buenos días, jóvenes. ¿En qué les puedo ayudar? Tomen asiento por favor.

demonio: Bueno, pueeees…

peterete (interrumpiendo): Sabe, licen­ciado Cupido, venimos a consultarlo porque un cuate que conozco de aquí mismo me pla­ticó que en una ocasión tuvo problemas con su amada y que Cupido, o sea usted, le había ayudado a solucionar su problema, así que de­cidimos venir a verlo.

cupido: Bueno, en efecto, yo soy Cupido y no me llamen licenciado Cupido, por favor. Sólo Cupido, a secas.

demonio: Pero, chale, cómo va a ser usted Cupido, si no tiene alitas, ni arco con flechas. Además, está ruco y usa traje. Y por si fuera poco, está trabajando en una oficina.

Cupido: Bueno, mira… en primera, ahorita estoy en horas de trabajo humano, porque tengo que sacar monedas para dar el gasto en la casa, puesto que tengo esposa y angelitos que mante­ner. Estos tiempos no están como para sólo vivir a expensas de las ganancias producidas por las regalías de la publicidad que se me hace cada ca­torce de febrero para el consumo de ustedes. En segunda, está prohibido andar encuerado por las calles y las alitas la traigo bien tapaditas, porque con esto de la contaminación, terminan el día todas negras y sucias, y mi esposa hace su be­rrinche cuando me las tiene que lavar. Tercera, el arco y la flechas los tengo bien guardados, por­que sale a la calle cada sonso que se quiere flechar con ellas a la primera radio-operadora buenota que se encuentra en su estación de bomberos, y como la otra sonsa no es la que le tocaba, de la pura decepción hasta se andan queriendo cortar las venas con una manguera de pulgada, para después decir que yo tuve la culpa.

demonio: Bueno, sí es cierto. Sería un es­pectáculo poco agradable de ver desde arriba, cuando pasara volando.

cupido: Así es, entonces ustedes dirán en que puedo ayudarlos.

peterete: Pues es que aquí mi cuate anda bien trastornado en su vida amorosa. En cada ocasión que concurre a un incendio y se acuer­da de su ex torta, hasta se anda queriendo aven­tar de cabeza al chamuscón.

cupido: Mmmm… ¿y qué sientes, mucha­cho?

demonio: Pues la neta, siento regacho cuan­do recuerdo a mi ex novia y más cuando ando pisteando.

cupido: Híjole, entonces sí andas grave. Vamos a tener que ver tu expediente —dice, mientras toca un timbre en su escritorio.

Entra el secretario de inmediato.

secretario: Ordene usted, jefecito —mien­tras hace una reverencia.

cupido: Tráeme el expediente de este heroi­co bombón y de paso, una polla, por favor.

secretario: De inmediato, jefe. Voy y vuelvo, ni dos horas me tardo.

peterete: ¿Está desvelado, crudo o algo por el estilo, don Cupido?

cupido: Pues más o menos. ¿Gustan to­marse algo, muchachos? Secretario, atiende a los jóvenes, a ver qué apetecen.

demonio. (Pone una cara de alegría y sabo­rea, tragando saliva): Bueno, ya que insiste, yo quiero un vodka tonic y mi valedor una guama, de la que sea. ¿Verdad, compadre? — dice, mi­rando con seguridad al Peterete.

Se retira el secretario y regresa unos momentos después, con el expediente bajo el brazo y una cha­rola con las bebidas, que reparte entre los presentes. Después entrega el expediente, mismo que Cupi­do lee con detenimiento y en silencio durante unos momentos. Terminada la lectura, Cupido dice:

—A ver, Demonio, ¿qué deseas saber?

demonio: Quiero saber por qué estoy como estoy por mi ex novia.

cupido: Mira, todo esto tenía que pasar de­bido a que eres bien acelerado y además bla, bla, bla, bla, bla, bla… (varias pollas, vodkas y caguamas después:) …y te voy a decir la neta, compadrito, un día haciendo inventario de a quién le hacia falta su flechazo, te vi en la lista y te programé para el día de San Valentín , pero como ese día mis angelitos y yo andábamos fes­tejando nuestra amistad, fue hasta más tarde que uno de mis ayudantes me recordó que teníamos algunos flechazos amorosos pendientes, y yo dije: ‘¡Pus órale, a darle!’ , así que comenzamos a disparar a diestra y siniestra… ¡ay, güey! Creo que se me secó la garganta —levanta su polla y les dice a los demás—: Salú… Y sí, como te de­cía, cuando te tocó el turno estaba yo ya medio persa. Tenía ya tu flecha en mi arco, cuando de repente, ¡cuas!, que se me cae la flecha justo en mi cuba, pero como ya andaba encarrera­do, que la vuelvo a poner en mi arco, que te la disparo y valió queso, porque además de estar envinada la flecha, tú también andabas briago ese día, hasta andadas rebotando en las paredes y a pesar de que te tambaleabas, la flecha acertó en tu corazoncito, mismo que quedó envinada­mente enamorado. Pero eso no fue todo, como ya veías doble y todo te daba vueltas, te enamo­raste de la chava que estaba al lado tuyo y no de la de enfrente, que era de donde venia la flecha.

Por eso no funcionó tu noviazgo.

Durante unos instantes quedaron todos ca­llados. El Demonio rompió el silencio:

—Bueno, ya sé que es lo que me pasó… pero ahora, ¿qué debo hacer para poder vivir en paz? ¿O es que ya no voy a vivir chido?

cupido: Pues mira, según tu expediente, y como eres cuate, ya tienes autorizada una fle­cha especial, sólo espérate un rato, no desespe­res. Saca algo bueno de esta mala experiencia. El flechazo te va a llegar cuando menos lo es­peres y aunque estés comiendo camote, te va a enamorar, te vas sentir lacio, lacio y serás co­rrespondido, tan sólo basta que escuches en tu cabezota unas notitas musicales que digan: “con mi uniforme azul, siempre alerta estoy”, para que sepas que la flecha acertó bien en tu corazoncito.

De pronto, suena la alarma en toda la esta­ción: ¡riiiiiiiing! ¡riiiiiiiiiing! El Peterete sa­cude del hombro al Demonio y le dice:

—Órale, compare, ya se va la bomba.

demonio (Despertándose de su sueño): ¿Cuál bomba?

peterete: ¡La primera de incendio, buey!