Oscar J. Hernández
El camino urbano de la Vida.
Fragmento del capítulo 2 El
despertar…
—Mira, normalmente acostumbramos
ponerle precio a la vida y no nos damos cuenta de que mientras más precio le
ponemos más se nos encarece. Sin darnos cuenta de que la verdadera esencia de
la vida es la vida misma, nos afanamos en esto o en aquello y terminamos por
volvernos insatisfechos de todo lo que conseguimos en la vida. Cuando no tienes
zapatos quieres unos, pero cuando ya los tienes no te conformas; ahora quieres
botas, después tenis, y así sucesivamente, y como ese ejemplo pasa con todo.
Tienes y quieres más. No con esto estoy diciendo que se tiene uno que
conformar, ¡No!, pero sí saber darle saciedad a todos nuestros complejos que
estamos acarreando, para poder sacudirnos todo aquello que nos ata a las cosas
materiales. Buscamos tanto de lo material, que al final nos quedamos con muy
poco de nuestro ser.
Te compras unos lentes y te olvidas de que
tienes unos ojos maravillosos, aún más que los mismos lentes. Te compras ropa
para tapar tu desnudez, sin saber que lo que debes de cobijar es lo que está
debajo de esa estructura construida de moléculas que llamamos cuerpo. Déjame
decirte que yo todavía no sé qué es; unos le llaman espíritu, otros les dicen
corazón, conciencia, esencia de Dios, chispa divina; en fin, lo que sí es
verdad es que existe algo supremo y así tal cual alimentas tus necesidades
materiales y te vuelves insaciable en la búsqueda de todas esas fantasías
creadas por el hombre. De la misma manera, debes de ser insaciable en la
búsqueda de tu verdadero ser. Se insaciable cada mañana y busca el sol, busca
las estrellas, la luna; deja de ahorrar y ve al mar, siente la brisa de una
lluvia matutina, refréscate en el río, toca una flor, aspira el aire de la
mañana. ¡Sí ya sé!, vas a decir que este aire está contaminado, oxidado. Sí,
eso lo sé, pero que no se oxide la hermosura de tu corazón, aspira lo
contaminado del ambiente; de cualquier forma, es parte de
tu vida, es el único signo que te hace saber que sigues vivo; busca el canto
del pajarillo, el murmullo que te diga al oído: te amo, el sabor del abrazo y
el beso verdadero. El ojo en la moneda significa que todo está a tu alcance;
puedes ser dueño de todo lo que alcancen a ver tus ojos, eso que te puedes
beber de un solo golpe; con una mirada el mundo está a tu alcance, solo tienes
que abrir los ojos cada mañana, mirar y admirar todo lo que se nos ha regalado,
y todo eso es gratuito. No tiene ningún precio; el único precio que tienes que
pagar es atreverte a vivir cada mañana, a sonreírle al vecino, a saludar al
sol, a comprender la diferencia entre las personas, a conjugar el amor con el
agradecimiento, a olvidarte de tus ataduras, a consentirte cada mañana
consintiendo y conociendo tu verdadera naturaleza divina.
SEGUNDO BLOQUE
Fragmento de la Carta del capítulo 4 Sobre el vicio…
Me tomó de la mano y me dio un abrazo, y
cuando estaba a mi lado me susurro al oído: jamás me olvides, yo seguiré aquí
por si me necesitas. Era extraño. A pesar de la condición tan denigrante en que
se encontraba, cuando se acercó a mí desprendía una fragancia que jamás, ni en
el perfume más caro, la había percibido. Tal pareciera que aquel aroma me
hubiera anestesiado. Cuando reaccione, después de que aquella fragancia se
disipó, me vi sentado solo, sin nadie a mi lado; lo único que conservaba de aquel
momento era el vaso. Me levanté, ya no hice ningún intento por buscar al
singular amigo; de todos modos, sabía que no tendría éxito mi búsqueda. Así que
seguí mi camino. Justo estaba en eso, cuando sentí en mi mano algo, miré y era
otra carta. La comencé a leer, y esto era lo que decía:
Vino. Palabra infame de veneno infiel,
Que nos engaña con sus espejismos,
Que nuestra vida la convierte en hiel.
Cuántas muertes desatadas por beberlo
en demasía,
Cuántas noches de parrandas y engaños
sin alegría,
Cuántas copas te has bebido y no miras
tu agonía,
Cuántas historias no miras tiradas por
las esquinas,
De hombres, reyes y padres que viven
sin una vida.
Hoy la vida que ellos viven las
controla el vino infame,
Y creen tener una vida que los absorbe
en silencio.
Vino infame y canalla, cuánto daño vas
causando:
En calles, palacios y casas destruyes
todo a tu paso.
No te importa el limosnero,
No te importa el rico necio,
No te importa el chico errante,
No te importa el hombre cuerdo.
Todos ellos van expuestos a encontrarte
en su camino:
La bella, la artista y el sabio los
envuelves en tu exilio;
Vuelves de una vida bella, el peor
presidio sin juicio.
No sé si pueda seguir escribiendo lo
que escribo,
Tal vez me hace falta un trago o es
pretexto pa´, mi vicio;
Maldito vino canalla mira en que me has
convertido.
Que muera el vino y el hombre,
Que muera el hombre primero
Por no saber controlarse a un whisky
con sus dos hielos,
Por no vivir una vida como un hombre
verdadero.
Que muera el vino y el hombre,
Que muera el vino primero,
Por volverme un egoísta, un canalla y
mujeriego;
Por arrastrarme al abismo del camino
sin regreso.
¿Quién escucha al ebrio errante?
¿Quién escucha al poeta muerto?
¿Quién embellece su rostro en aquel
espejo roto?
¿Quién me envuelve en esta copa?
¿Quién se siente peregrino?
¿Quién escucha lo que escribo?
Y poco lo ha comprendido
Maldito vino canalla, eres mi peor
enemigo:
Me arrastras, me engañas, me matas,
Pero vivo en tu camino.
Que muera el vino y el hombre,
Que muera el que no ha entendido,
Que muera el vino y el hombre,
Y yo muero y no he vivido.
TERCER
BLOQUE
Fragmento del capítulo 9 Encontrándote a ti mismo…
La ancianita dijo:
— ¿Te gustaría escuchar una historia sobre un
rosal? Asenté con la cabeza.
La
historia comienza así, prosiguió. Hace muchos años, cuando nada existía aún,
cuando todo era soledad y confusión, a un jardín solitario llegó una niña, con
la perfecta pureza e inocencia que necesitaría la humanidad tener siempre, ya
que de ello depende su existencia.
Y
mirando con tristeza suspiró al ver las deplorables condiciones en las que se
encontraba el jardín y pensó en hacer algo por él. Como principio de cuentas,
comenzó a limpiarlo. Despejando todo aquello que se interponía entre el jardín
y su plan de restauración, removió la tierra, la abonó, comenzó a regarla, y en
unos cuantos días, ya estaba lista para recibir un rosal. Así es, la niña desde
que vio aquel jardín pensó en poner en el centro un hermoso rosal. Y así lo
hizo, trajo consigo el rosal y lo plantó con esmero. Cada día lo regaba, cada
día lo limpiaba. Y comenzó a ver cómo comenzaban a florecer, no solo las rosas,
sino que también, florecía la vida. Comenzó a llegar la lombriz para remover la
tierra y dejar que las raíces del rosal se expandieran. También llegó la abeja,
encargándose de polinizar sus rosas. Cada día veía con felicidad cómo toda
clase de seres vivos se reunían en torno a su rosal. Vivían dentro y fuera de
él, era un verdadero orgullo para la niña.
Un
buen día miró como una hormiga llegó a su hermoso rosal. La miraba con agrado,
cada día subía y bajaba su rosal, jalaba las hojas secas, movía unas cuantas
arenas; era en verdad fabulosa la hormiguita. Era emprendedora, trabajadora y,
además inteligente. Cada día cuidaba su rosal y miraba a la hormiguita. Y ya
que era tan perfecta, decidió un día la niña, cuya que su bondad era inmensa,
traerle a una hormiguita más, para que no se sintiera tan sola. Así que se dio
a la tarea de conseguirle una compañera para que fueran felices en su rosal. Un
buen día la encontró y fue y la deposito en su rosal. La otra hormiguita se
veía feliz, ya que sus acciones así lo demostraban. Las dos comenzaron a
trabajar: subían, bajaban, y un buen día construyeron… ¿Qué? Un montecito,
donde entraban y salían. La niña se sentía feliz, y miró con agrado que habían
construido su casa. Un buen día, una hormiguita no salió. Sin embargo, la otra
recogía plantitas con gran esmero y las metía a su casa, y resultó que una
mañana miró aquella niña cómo salían más hormiguitas de su casa. Se puso feliz:
ahora se habían multiplicado.
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