jueves, 17 de junio de 2010

Guillermo Vega Zaragoza presenta en Cada quien su boca de PALABRAS URGENTES



LA ILUSIÓN DEL CANÍBAL

por Guillermo Vega Zaragoza

No bromea aquel que confiesa:

“Me la comería a besos”.

Si pudiera, la engulliría toda

como la boa del diminuto príncipe,

como la tierra ávida

absorbe la lluvia en el desierto.

El beso es una mordida extraviada,

un tímido devoramiento

en una danza de lenguas excitadas.

El beso es una cópula perversa,

hermafrodita,

donde ambos se penetran

y se preñan de hijos minúsculos

que nacen y mueren y resucitan

cada vez que los labios se aproximan.

El beso es la ilusión del caníbal,

deseo prohibido de la carne prójima,

aliento vital desesperado,

agonía infinita del instante.

Para cumplir con su cometido,

los que se besan

deben consumirse mutuamente,

a plazos pero sin pausa,

con insaciable pasión antropófaga,

deglutirse con paciente ternura

hasta el último hueso,

y separarse como si ya no fueran uno,

para volverse a devorar

en el banquete próximo.

El fin del beso es imposible.

Cada beso es uno solo,

inacabable.

TIERRA PROMETIDA

por Guillermo Vega Zaragoza

Para N.

“Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar”.

Éxodo, 14:16

Extasiado,

te miro dormir

como debió ver

Moisés que las aguas se abrían ante los suyos

para llegar a la tierra prometida,

blanca e infinita,

como la piel de tu espalda

dividida en dos mundos paralelos

que mi boca se apresta a conquistar.

Bebo de ti la leche de la madre

con la avidez de un condenado.

Quisiera ser tu madre,

concebirte y tenerte dentro de mí,

para nacerte al fin

y volverme tu hijo,

que me devores

para volver a tu interior,

para que me nazcas de nuevo

y nacer y morir

y volver a nacer entre tus muslos.

Podría mirarte respirar otros veinte o dos mil años

tan sólo para saber que existes,

que no eres producto de la fiebre o el delirio,

que estás aquí, en este lugar de los desvelos

y que te admiro como el impuntual cometa que eres,

que siempre has sido.

Pero has regresado al fin

y no quiero dejarte ir

sin quedarme otra vez

con un pedazo de tu luz.

Tu cuerpo desnudo,

prístino e interminable,

es lo más cerca que estaré del cielo en esta vida.

PENUMBRA

por Guillermo Vega Zaragoza

La noche es clara en su penumbra,

como nunca antes,

como siempre.

Los sonidos no la invaden.

Nada la perturba sino el silencio.

Desde los recovecos del insomnio

aparece la niebla.

Quién sabe de dónde

vienen las palabras

que la van poblando,

que adquieren poco a poco

la forma de tu cuerpo acercándose

liviano, delgado.

casi transparente.

Nada es mío.

Y sin embargo

sé que soy el rey del mundo,

casi Dios,

porque tú vienes hacia mi.

Y entonces entramos en la caverna.

Y yo te miro y tú miras las sombras.

Y no pasa nada sino el tiempo.

Ahí está tu cuerpo,

intocado.

Y tus labios y tus senos,

intocados

Y tus caderas y tus piernas,

intocadas.

Nada las perturba.

Será que no se saben tan deseadas.

Y yo regreso

y me lamento

por no tenerte,

por saber que no te soy necesario,

que no lleno nada,

que tu vacío no me necesita.

Y la noche sigue tan clara en su penumbra.

TESTAMENTO

por Guillermo Vega Zaragoza

Para la Buba Alarcone

Voy a escriturar a mi nombre

todos los paisajes.

Para empezar, éste que veo

desde el piso noveno

del palacio del sol.

Ya es mía

esa luna escondida

detrás de la cortina.

Son mías

esas calles lodosas

y hasta el anémico periférico.

También pondré

a mi nombre

el recuerdo de todas

las mujeres hermosas

que he vislumbrado aquí.

No pude poseerlas,

pero ya son mías,

sin que ellas lo sepan,

por la pura magia

de mis partes pudendas.

Pero no pude adueñarme

de esos inmensos ojos

detrás del cristal,

ni de la dientona sonrisa,

ni del hoyuelo en la barbilla,

ni de las caderas

ni del nacimiento

de sus poéticos senos.

Y desde luego,

a nadie voy a heredarle

estas posesiones.

Que se jodan mis descendientes.

Son exclusivamente mías.

Y ahora de ustedes

a través de este poema.

Chihuahua, Chih., septiembre 2006.

EL CUERPO LE ESTORBA A LA PALABRA

por Guillermo Vega Zaragoza

¿Por qué no tienes versos en lugar de piel?

¿Por qué no puedo tocarte sólo con letras,

sílabas y acentos?

¿Por qué tus senos no pueden ser las líneas de un soneto,

para recitarlos de memoria?

¿Por qué tus piernas no son rimas paralelas

y tu vientre blanco un verso libre?

Tus nalgas podrían ser redondillas,

tus brazos endecasílabos y tus labios

nocturnos o madrigales.

Y tu sexo,

ah, tu negro sexo,

un haiku interminable.


PLEGARIA

por Guillermo Vega Zaragoza

Para Otto-Raúl González, in memoriam

Dios: líbranos de los poetas.

Cárgatelos a todos de una vez,

de nada sirven,

mas que para ponernos tristes

con palabras que hieren,

que incomodan.

Nos salpican y nos ensucian

con puras verdades.

A nadie le gusta la verdad.

A nadie le gusta verse reflejado

en palabras que ni entiende.

Por eso a nadie le gusta la poesía.

Poesía,

la de las canciones de la radio.

Poesía,

la de los informes de gobierno.

Poesía,

la de los columnistas políticos.

Poesía,

la de los reportes financieros.

Poesía,

la de los cronistas deportivos.

Poesía,

la de los presidentes asesinos.

Ésa sí es poesía de veras,

música para los oídos

de las

corporaciones multinacionales

(¿puede haber algo más poético

que estas dos palabras juntas en un poema?)

Los poetas no saben de poesía.

Los poetas sólo saben lastimar.

Los poetas no tienen

ni tuvieron madre,

por eso no respetan nada

ni a nadie.

¿Qué es eso de inventar colores

de alegría y esperanza?

¿Qué es eso de darle

voz y voto a los geranios?

¿A quién le importa un conejo

con las orejas en reposo?

¿Para qué hablar de venados y pájaros,

lunas mutiladas y conciertos para metralleta?

(pensándolo bien,

esos sí tendrían alguna utilidad:

aleccionar a la tropas mercenarias

que luchan por la libertad)

El hombre del nuevo milenio

sólo debe pensar en consumir

y olvidarse de mariconadas

como la poesía,

que no sirve de nada.

Se los digo yo,

que escribí este poema inútil

y el mundo sigue igual que siempre.

Que Dios nos salve de la poesía.

REGINAS

por Guillermo Vega Zaragoza

Para Elisa

Yo no sé nada de reinas

(soy republicano,

pero eso no viene al caso)

y sin embargo

sé distinguir a una

en cuanto la veo entrar a un salón:

se sienta,

cruza las piernas,

se quita los lentes oscuros,

abre su cuaderno

y sus manos

se mueven como gaviotas

sobre la espuma.

Dibuja el retrato de un hombre

y luego a una mujer

ofreciendo la flor de su sexo.

Se levanta,

camina como lo que es

(ya dije que una reina),

sonríe como la niña que sigue siendo

y me mira a los ojos

como la mujer que será.

Me extiende los papeles

y regresa a su lugar.

En uno de ellos ha escrito:

“No te me estoy aventando,

así son mis dibujos”.

Y le creo,

porque las reinas

no andan por la vida

regalando dibujos sicalípticos

a cualquier plebeyo.

Las reinas

(siempre lo he sabido)

hacen lo que quieren,

sin dar explicaciones

(para eso son reinas).

Y para provocar

sueños y tragedias

en el alma de hombres condenados.

Vaivén

Para la Gab, que dice que nunca le han escrito un poema

I

mira si seré pendejo o despistado

que en este islote

no sé distinguir el sur del norte

tus vaivenes

me hacen sentir como una bicicleta

colgada del techo

con las ruedas al revés

me encabronas con una impaciente ternura

no he aprendido cómo acercarme a ti

erizo de piel suave y tostada

no sé descifrar tus acertijos

a veces tan ingenuos

como cuando te desatas el pelo

(siempre a las 11

te he tomado el tiempo)

y cae como cascada que se confunde con la noche

me gusta esto de saberme rodeado de agua

por los cuatro costados

no importa hacia dónde camine

siempre me voy a encontrar contigo

miro el mar y te veo

miro el puente y te veo

miro el atardecer y te veo

miro los barcos y te veo

pero no sé si van o vienen

igual que tú

es tan así

que no quiero mirarte y de todos modos te veo

eres una enfermedad

una especie de chancro delicioso

que se me ha metido en las entrañas

y del que no tengo intenciones de curarme

¿a quién chingados se le ocurre ser quien eres?

(y es que al parecer nomás con palabrotas entiendes)

esto me han dicho:

“todos ustedes los poetas

nomás escriben de lo que no tienen

si quieren algo

pues nomás estiren la mano y agárrenlo

y dejen de estar fregando”

“trasciende la psicología”

me dijeron.

no lo entiendo.

¿cómo voy a trascenderla si yo soy yo

y no me puedo dejar?

claro

ahora caigo

de eso se trata:

dejar de ser yo

para ser tú

para ser otro

para ser nosotros

para eso aún no estamos preparados.

(a estas alturas has de estar pensando:

“este es un pendejo”)

todos estos días

dos palomas se la pasan zureando en la ventana

se pasean sobre la barda

van y vienen

persiguiéndose

así como tú

diminuto vendaval oscuro

II

mira si seré pendejo o despistado

que no me había enterado que vives

a cuatro cuadras de distancia

ahora ya sé dónde está tu casa

para ir a apedrearla

¿que por qué?

nomás de huevos

a ver si así despiertas de una vez

y dejas de hacerte la pinche víctima

(éste será el poema

con más palabrotas que haya escrito)

me caga que te ningunees

me caga que no valores lo que haces

me caga

(no me discutas

carajo)

que no sepas ya que eres tan grande

que desde hace un buen rato

este islote te ha quedado queda chico

para todo el mujerón que eres

que has sido

y que vas a ser

poeta maldita

maldita poeta de libritos a 200 pesos

deja de compadecerte y lánzate al abismo

(ya sabes que del madrazo no te salvas)

pero en una de ésas aprendes a volar solita

sin tener que cortarte las venas

otras cosas que me cagan:

que naciste en el norte pero en realidad eres del sur

(me confunde y me encabrona)

que te pongas vestiditos que dejan al descubierto

tus brazos y tus piernas

(voy a cortártelos para comérmelos)

que hagas lo que te da tu regalada gana

sin pedirle permiso a nadie

ni pedir disculpas por las barbaridades que profieres

me caga no haber escrito aquel cuento juntos

me caga no entender lo que debería haber entendido

me caga que esto ya ni es poesía sino puro

pinche desahogo

me caga mirarte y saberte tan lejos

(ahí vas con la psicología)

está bien

voy a dejar de quejarme

voy a estirar la mano y tomar lo que quiero

y dejar de escribir esto porque no te tengo

III

mira si seré pendejo o despistado

que creo que es poesía cualquier cosa que escribo

me voy a sentar a esperar a que me escribas un poema

donde me pidas que regrese o que no me vaya

me voy a sentar a esperar a que regreses

a que te vayas y regreses

en uno más de tus vaivenes interminables

desde aquí

es imposible escapar del sol

del mar y del amor

(me había prometido

no mencionar esa palabra en este poema)

de la mierda y la estupidez

del desaire y el abandono

del terror y la soberbia

del dolor y la ternura

del padre y de la madre

(yo por eso ya me deshice de ellos

bien muertos y enterrados que están)

escapar de uno mimso

desde este lado de la ventana

sólo se ve la pared y las palomas encima

persiguiéndose

zureando agobiadas

como si agonizaran

(qué ganas de degollar palomas

qué ganas de degollar puercos

qué ganas de degollar hombres)

desde aquí escucho las campanas

los cantos de la iglesia

con este calor

hace rato que dios se mudó a otro lado

y nadie parece haberse dado cuenta

en este abismo al que nos lanzan las madres inconcientes

sólo dos cosas nos quedan por hacer

sobrevivir y sobrevivir

el suicidio es una forma poco elegante

de expresar el asco que sentimos

prefiero la capitulación lenta

pero efectiva

de la podrida existencia


jueves, 10 de junio de 2010

Video: Palabras Urgentes "Letras en llamas 3" Pábel Rodríguez

El bombero Jorge Pábel Rodríguez presenta en Cada quien su boca de "Palabras Urgentes" (10 de mayo 2010)

Determinación

de Jorge Pábel Rodríguez García

(Certamen “Letras en Llamas”, 2009. Primer lugar)

Lucio se encontraba solo en el dormitorio. Pareciera que sus compañeros le habían dado privacidad para guardar sus recuerdos. Vació lentamente el contenido de su casillero en una maleta negra. Guardó su uniforme, sus botas y sus utensilios de aseo personal. Se sentó en su cama. “Ni pensar que dormí aquí durante los últimos diez años”. Tomó el equipo de incen­dios, que consta de un casco negro de careta transparente, pantalonera y coquetón negros con franjas amarillas y reflejante. Unas botas cortas para incendios y unos guantes grises de carnaza. Ya hacía más de treinta años que había portado por primera vez esta indumentaria y los quince kilos que conlleva. Ahora no sentía ese peso cada vez que vestía su equipo.

Baja hasta donde están las unidades de emergencia, que son dos camionetas Ford Lobo

Equipadas para enfrentar choques, fugas de gas, abejas, volcaduras, incendios forestales y lo que se les presente. Dos auto-tanques, listos para apagar fuego y un enorme camión de bombe­ros que podría intimidar fácilmente a un trans­former. Lucio estaba listo para su retiro después de treinta años de servicio a una ciudad que no dejaba de crecer. “Mañana acaba todo esto. Y pensar que mi esposa hará una comida por mi retiro. ¿Lo merezco? No lo sé. ¿Acaso impor­ta? ¿Cuántos compañeros no llegaron a esto? ¿Cuántos han muerto como héroes en un mar de fuego y lágrimas? ¿Cuántos no llegaron por una enfermedad? ¿Gajes del oficio?”

Acomoda el equipo para que se encuentre listo antes de cualquier servicio. Así comienza el último día de trabajo de un bombero.

El día estuvo relativamente tranquilo, hubo cinco servicios. Dos retiros de abejas. Un olor a gas que resultó ser un falso aviso. Un choque y una fuga de gas. Fue un día caluroso de un mes caluroso de uno de los más calurosos de los últimos cincuenta años. Lucio veía cómo el cielo se inundaba de un mar de nubes color naranja y rojo, llamado crepúsculo, esto menguaría el bo­chorno aunque fuera un poco. Seguía contem­plando la hipnótica puesta cuando el atronador sonido de la alarma causó que un cañón de adre­nalina se disparara en su interior. Por instinto salió corriendo al pasillo del dormitorio y se des­lizó por el tubo que conectaba el primer piso con el patio donde yacían las unidades. Un segundo después una veintena de bomberos aparecieron con la velocidad de un escuadrón ninja.

Un compañero sale de la cabina de radio y grita:

—¡Incendio de casa! ¡Colonia El Tanque, calle Dalia!

Una voz con autoridad le contesta:

—Sale el tanque y la bomba —indica el jefe de servicio, refiriéndose a los camiones de bom­beros, al tiempo que viste su traje de incendios con su elegante casco rojo carmín, como el co­lor de las unidades.

Medio minuto después salen, con toda la velocidad que les permiten las entrañas metáli­cas de los vehículos, dejando una estela de luz y sonido a causa de la torreta y la sirena.

Lucio volvió al dormitorio, no sin antes de­positar una mirada a su equipo de trabajo, sabía que aun le faltaba un último trago de fuego.

Mil ochocientos segundos después, la alar­ma volvió a lanzar chillidos que indicaban una nueva salida, pareciera que Lucio sufrió un dé­ja-vu, ya que igual que mil ochocientos cuaren­ta y cinco segundos antes, él y sus compañeros se habían desplegado por los tubos. Ahora el compañero de la cabina de radio gritaba:

—¡Incendio forestal! ¡Entre el tercer y se­gundo dinamo!

Lucio sintió cómo era atravesado por un relámpago de adrenalina: ¡Él saldría a ese in­cendio! Diez segundos después Lucio estaba enfundado en su equipo de incendios, la noche había alfombrado de oscuridad el horizonte y las calles. Corrió a la camioneta que lo llevaría al lugar del fuego. Al ver la camioneta estacionada frente a la pared con los faros encendidos, notó la luz que rebotaba a los lados de la pared blanca. Esos rayos dispersos le hicieron pensar que esa camioneta parecía un escarabajo rojo de alas de luz amarillas. Entró en los asientos traseros, ya se encontraba ahí Daniel, un bombero novato, mientras que adelante estaba Belmont, un bom­bero segundo y chofer al cual conocía de hacía más de veinte años; después subió Raquel, una bombero raso que llevaba la dirección anotada en una hoja. Antes de partir Raquel, tomó el radio y comunicó que esa unidad se dirigía al incendio. Comenzaron su periplo con los gritos de la sirena.

Después de librar una trepidante carrera contra el tiempo y el tráfico llegaron a la entra­da del parque de los Dinamos. Lucio ve cómo el paisaje es devorado por la oscuridad, a los lados la maleza se difumina por la velocidad. “Aquí vamos, es justo ver un poco de fuego el último día de trabajo”, piensa. A lo lejos un fulgor llamó su atención, habían llegado a su destino. Los cuatro descendieron del transpor­te y tomaron las herramientas necesarias para atacar el fuego que se alimentaba de la vege­tación del lugar. Cada uno portaba una pala y una mochila para incendios, hechas de lona y con capacidad para veinte litros, con mangue­ras manuales que lanzan disparos de agua has­ta una distancia de dos metros. Daniel, como todo buen novato, dice:

—¿Cómo vamos a actuar, jefes? —refirién­dose a Lucio y Belmont.

Éste, que iba al mando, por ser el chofer le responde:

—Tú y yo vamos a atacar por la orilla y ha­remos un camino de brechas con las palas, para que así no avance más el fuego. Lucio y Raquel van a ir por el centro para tratar de sofocarlo desde ahí, quien acabe primero le ayuda a los otros. ¡Vamos a chingarle, que para eso nos pa­gan!

Después de decir esto cada pareja tomó su respectivo rumbo; Raquel y Lucio se adentraron en la insípida lumbrada siguiendo el camino de árboles, arbustos y hojarascas reducidos a ce­nizas, era como caminar sobre un cenicero gi­gante. Después de algunos cientos de metros se encontraron de frente un fuego que se retorcía al viento. Raquel disparaba agua al tiempo que Lucio lanzaba tierra con la pala, de este modo fueron diezmando el fuego hasta que sólo que­daron unos pocos metros de fogata. Raquel es­taba por lanzar los últimos chorros de agua que darían muerte al incendio, cuando un vendaval se soltó a espaldas de ambos, proyectando el fuego a toda la flora cercana y dejándolos en un inmenso incendio circular; era como si un tornado de fuego los tuviera en su centro, todo el lugar se convirtió en una enorme hoguera. Lo que ocupaba la visión de Raquel y Lucio era un fuego que bramaba furioso porque esta­ba sediento de calcinarlos. Ambos dispararon lo más rápido y preciso posible con sus mochi­las de agua. El calor irradiado por las llamas era intenso y los hacía sudar copiosamente. El extenso humo llevaba poco a poco su vista a las tinieblas, les hacía moquear y sus ojos lagri­meaban. Notaron que sus mochilas no pudie­ron detener a su adversario y pasaron a las palas al tiempo que luchaban por no dejar escapar un tosido, o la situación se pondría mas difícil.

Después de casi diez minutos de echar pa­ladas notaron dos cosas: Una, no sofocaban el fuego y dos, éste seguía avanzando sin impor­tar su esfuerzo. Raquel comenzó a toser, aque­llo estaba complicándose cada vez más. Lucio se le acerca y le pregunta:

—¿Estás bien?

Entre tosidos, ella responde:

—Claro, si el que se retira eres tú.

Lucio sabía que mentía. Le contestó:

—Vamos a hacer esto, te voy a abrir unas brechas para que vayas a pedir apoyo, mientras yo lo contengo.

—Pero, Lucio…

—No hay tiempo para discutir. Además no te estoy preguntando, te estoy dando una or­den.

Raquel asiente y ponen en marcha el plan. Después de que ella parte, Lucio toma su pala y se abalanza a sofocar el incendio. “Espero hacer lo correcto y no morir como un héroe o como un idiota que se sintió el héroe… no sé qué es peor”, piensa.

El fuego y el humo parecían infinitos, al contrario de las fuerzas de Lucio. No podía se­guir luchando a ese ritmo, pero debía hacerlo, por que ya no se trataba de acabar el servicio, sino de salvar su vida. El hollín le había envuel­to el rostro, un tosido escapó de su boca, sintió cómo su garganta era recorrida por una ráfaga de fuego, había tragado hollín. A este tosido le siguieron otros tantos, cada uno más doloro­so que el anterior, ya que con eso tragaba más humo y hollín. Cayó de rodillas. “¡Carajo! Es­pero llegar a esa comida que tanto se ha esmera­ do en hacer mi esposa”, dijo para sí. Pocas veces Lucio había sentido que su vida peligraba de tal modo como ahora, pero no debía rendirse. Trató de incorporarse. No supo cuánto tardo en conseguirlo, tal vez fue enseguida o tal vez tardó veinte minutos, no estaba seguro, su sen­tido del tiempo estaba fuera de servicio. Volvió a intentar contener a su caluroso y humeante oponente, cuando una rama cayó, obligándolo a pegar un gran salto para no quedar atrapado debajo de ella. Este esfuerzo le provocó inha­lar aire de más y con esto, más dañino hollín. Una secuencia de tosidos le hizo doblarse, sen­tía como si un insecto extraterrestre le hubiese anidado dentro del pecho, sentía cómo devora­ba sus pulmones. Le faltaba el aire, el insecto clavó su aguijón en su corazón, la sangre no le circulaba correctamente y por ende su cerebro no estaba siendo bien oxigenado. Dejó de sentir el calor, el sudor, el cansancio, el dolor, ahora todo se había vuelto negro. Abrió los ojos, tenía que levantarse, su cerebro le daba la orden a su cuerpo. Negativo. Estaba tan agotado que no había la sincronización para ejecutarla “¡Carajo! ¿Por qué no puedo?”

El hollín ya había cubierto parte de su ca­bello. Lucio recordó cómo llamaba su esposa a las canas que van colonizando su cabeza: “ra­yitos de luna”. Esto le hizo recordar la promesa que tiene con su esposa, sintió una furia en su pecho, furia del enojo de saber que tal vez no cumpliría su palabra, pero que también lo llenaba de energía y desintegró al insecto que carcomía sus órganos. Esta furia nacía de la promesa que hizo a su esposa al ir al trabajo y la cual fue: “regresaré mañana”. Y mientras tu­viera vida la daría para cumplir lo que prome­tió. Intentó ponerse en pie, pero aún le faltaban fuerzas. “¡Vamos, viejo! ¡Descansarás todo lo que quieras cuando estés muerto! ¡Tienes una comida a la cual asistir mañana!” Se apoyó en la pala para sostenerse al incorporarse. “Yo no seré el bombero que murió en su ultimo día de trabajo, no me convertiré en una anécdota”. Tomó la manguera de la mochila y le exprimió los últimos disparos de agua, pero los lanzó a su boca. Los tragos que le arrancó a la mochila le dieron un poco más de fuerza, comenzó a echar paladas como le fue posible, cuando un sonido como de un animal del jurásico opa­có los bramidos del fuego. El suelo retumba­ba como una manada de búfalos huyendo de un alud. Se sintió aliviado. La caballería había llegado y pronto el camión de bomberos extin­guiría el fuego.

Un fulgor carmín cubría el horizonte, sabía que debía resistir un poco más. Esto era lo más difícil, ya que estaba al borde del colapso y la situación seguía siendo muy riesgosa. Bombeó agua de la mochila. Nada, estaba vacía. Ahora su supervivencia recaía en su voluntad para su­perar esta adversidad. Sus piernas le temblaban de cansancio, su cabeza resentía la presión del casco, su pecho le dolía como si se hubiera fu­mado un camión de cigarros Delicados y una creciente deshidratación lo tenía mareado. Ya no se trataba de luchar contra el fuego, se trata­ba de esperar. De aguantar el paso del tiempo, así como las rocas de los riscos marinos sopor­tan impávidas el choque de las olas. Debía so­portar el peso de cada segundo. Calculó que estarían con él en un minuto. “Debo aguan­tar sesenta segundos”. Comenzó a contar para no claudicar; uno, dos, tres, cuatro, cinco. Un nuevo insecto quería renacer en su pecho. “¡Tú puedes! ¡No te rindas, viejo!” Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once... Recuperó lentamente la tranquilidad en su ritmo cardíaco. Doce. Tre­ce. Catorce. Quince…

A lo lejos escuchó cómo las mangueras destruían el fuego con sus ráfagas de agua. “¡Aguanta! ¡Hoy no te toca morir!” Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve. Veinte… Escuchó una segunda ráfaga, esto porque se­guramente habían conectado otra manguera. Todo acabaría pronto. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro Veinticinco. Veintiséis.

Poco a poco el hollín fue expulsado del am­biente por el agua que oxigenaba todo el lugar. Dio un gran respiro que refrescó sus pulmones. Observó cómo el fuego moría ahogado por el agua, se sentía aliviado, pero a la vez con un sentimiento de melancolía, ya que ésta era la última vez que se enfrentaba al fuego. Habría lanzado una lágrima, pero estaba muy feliz de seguir vivo.

Después de un momento, un grupo de compañeros salió de la oscuridad que había de­jado el cadáver del fuego y lo encontraron. La primera cara que reconoció fue la de Belmont, que aunque se hace el duro estaba preocupado por él. Verificaron que se encontrara bien y le dieron a beber un suero que bebió de dos tra­gos, a causa de la deshidratación. Todo había salido bien. Después de verificar que el incen­dio había sido totalmente sofocado, era tiempo de partir. Mientras Lucio volvía a su estación, en el escarabajo rojo de alas de luces amarillas, pensaba: “mañana comeré dos trozos de carne y bailaré con mi esposa”.

miércoles, 2 de junio de 2010

Elia Domenzain presenta en "Cada quien su boca" de Palabras Urgentes:

En secreto…

Del secreto violado

besaste el último refugio

del repliegue aterciopelado,

alhamar a tus labios,

fundentes,

alumbran una potra-lengua:

revuélcasla

hasta cabalgar

entre los arcos-iris

de guindas-rojos,

magentas-morados

y volar en un lago

de néctar-sudor,

semen-tal-almíbar,

sin derramar

la última gota bebida,

ni renunciar

al postrero estertor.

Al secreto inocente

lo duermes al fin

entre mis muslos

ronroneándole un son,

acolchando la huída

y en un beso

escaparse otra vez.

Condesa

Elia Domenzain


Cómo me gustaría…

Cómo me gustaría que te vinieras conmigo.

Tengo la sensación de que te encantaría y me encantaría.

Entre lo prohibido,

entre tú,

me entré yo.

Cómo quisiera hacerte venir conmigo.

Hacerte sentir al sol como reflectores que te penetran.

El sol en tu piel sembrada de las montañas y del Tepozteco,

erecto y firme,

con sus misterios,

agresiones,

verduras

y chubascos de líquido que mana de la pasión

al rugir de relámpagos.

Fuego, cerillos, tus dientes mordiendo el alma

que corre subiendo como la luna

y su ascendente atracción.


Tepoztlán

Elia Domenzain