ERIC MARVAZ
Cualquier día
Vas teniendo la culpa de lo que pasa. Tú la tienes por no venir sola.
Siempre llegas acompañada de evocaciones, de luces de colores que danzan por tu
cabeza y con el pecho lleno de suspiros que no guardan sincronía. Tienes la
culpa también por meterme a lugares llenos de añoranza, como sacados de otro
tiempo, igual a película muda de tonos ocres. Confieso que hay momentos en que
veo rasgaduras de tiempo por las esquinas (allí van goteando líquidos que me
hacen pensar en la humedad de tu boca y quiero paladearla). Algo argumentas de
tener miedo de mí. Poco entiendo, poco, quizá por mi renuencia a escuchar lo
que no quiero.
Cuando se nace rapaz la salida no existe, aunque haya ciertos momentos
de paz en los que se poetiza sobre el vaho del baño, en los que se va
escribiendo sobre folios que han de romperse, en los que uno se comporta como
un caballero del dieciocho o antes… irremisiblemente llega la luna llena;
entonces es imposible guardar las composturas, uno es predador y ya.
Conservo la capacidad de elección, no es sólo instinto y hambre: quiero
tu carne, la tuya.
Capítulo V
Hago una pausa.
Primero,
porque no aguanto la nostalgia de ti. Nosotros no sabíamos que alguna vez nos
habríamos de encontrar, de saberlo hubiera preservado mi mente y cuerpo hasta
el momento del encuentro. Si hubieras sabido no estarías casada, y tus
horizontes se hubieran extendido mucho más allá de tu mundo hecho un
departamento. Si hubiéramos sabido… Adoro con intensidad el hecho de haberte
encontrado en este mundo de desastres naturales y humanos, aprecio que los
cálculos matemáticos no sean perfectos; qué más puedo decir que te quiero.
Segundo,
porque tengo que gritar que te deseo a contra corriente, ¿qué se hace con eso?
Guardarlo en nuestro rincón particular, en el cuarto oscuro donde nos hacemos
el amor. Mirar tus fotos y elaborarte una escultura perfecta, poniendo énfasis
en las técnicas vudú, tratar de hacerte sentir el contacto mientras hago los
senos, estimulo el vientre, modelo las hendiduras. A veces te deseo también en
la pesadumbre de la tarde, en tanto estás desenvolviéndote en tu mundo
particular, ese que ya tenías cuando me conociste y que sin él tampoco te
hubiera encontrado. Sonríes mientras preparas la cena y yo me muero en silencio
acariciando tu imagen en la imaginación.
Pongo
especial cuidado en las palabras que ahora vierto. Lo hago en un espacio
público porque podrás encontrarlas, sé que eres feliz con el anonimato. Te
gusta así, en la penumbra, en mi boca para no dejarte escapar de ahí, en el
secreto, porque lo prohibido es mejor en secreto. Pongo mucho cuidado porque
quiero que cada palabra se deslice por toda tu piel, naciendo de tus labios,
que te moje el sostén y la blusa, que se meta entre la cintura de tu falda y
alcance el triángulo de mi salvación, quiero que se deslice a la entrada de tu
sexo con suma lentitud.
Ayer
estuve leyendo mientras olfateaba tu ropa interior, la que me dejaste, y
leyendo y encontrando, te dedico este sueño.
Corporis
El cuerpo en el estricto sentido de ser sólo un cuerpo.
La luz cae delineando tu cadera, la suave tersura de la piel, la
división de músculos y tendones; es entonces que la vista se pasea igual que
caminando por pastizales de una belleza insólita, pastizales andados y
reconocidos. Las piernas anchas se dibujan en un exceso de seducción, los
muslos (lo sé) son tersos y perfectos para asirse a la hora de mayor urgencia,
los imagino aleteando, abriendo, cerrando; apenas todo es el prefacio de la
maravilla que te divide, la que te expone a la imaginación y a la lujuria.
Habría que hablar de eso también, del deseo que ocupa el espacio de la
inocencia con la que llegas a cualquier lugar. A medida de despojarte de la
ropa tu actitud se transfigura, dejas a un lado a la tierna y dulce, muere con cada
prenda caída. Hasta el rictus te cambia. Es lógico, pues, que los estragos que
causas en quienes te miran, sean como golpes certeros en un combate del que
siempre sales victoriosa. Estás consciente de cómo te observan los hombres,
también yo.
Navegando en los años, los del tiempo de tenerte: lo sé. Invariablemente
te acarician con la mirada, poseen, hacen suya, ¿recuerdas las miradas? Son
manos lascivas de estrujarte. Imposible culparlos. Llenas los ojos ajenos hasta
el desbordamiento.
El andar por el cuerpo majestuoso que tú tienes, es explorar los límites
de la piel, reconocer los aromas de plantíos de maíz recién llovidos. Aspirarte
el pecho… es necesitar refrescarse en el agua salada y transparente de esa
delta tuya.
Tu cuerpo en el estricto sentido de ser sólo un cuerpo, es un prodigio de
magia.
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