




Héroe
de Roberto Reyes Ramírez
Certamen “Letras en Guardia”, primer lugar
Lento, demasiado lento... mirando a través de la ventanilla hacia las calles desiertas, intentando disolver la oscuridad que lo cubre todo, queriendo entender cientos de cosas y desentendiendo miles a la vez; otra noche de rutina, otra noche de ronda... vigilancia lenta y minuciosa desde el vehículo oficial. Aún se respira en esta negrura la pólvora, el miedo, la sangre de la balacera de hace siete días, aún se escuchan las palabras de condolencias, todavía se pueden ver los reconocimientos post-mortem, aún en su mente revolotean tantas contradicciones, tantos sentimientos diferentes combaten en su pecho. No, no es sólo la muerte de Benítez, —tal vez el peor policía que ha conocido—, ni es la ideología tan carente de ética con que siempre se manejaba. Tampoco es el hecho de que a pesar de sus irreconciliables diferencias él insistiera tanto en llamarlo “amigo”. Tal vez es la forma en que se va tejiendo el destino, la manera tan abrupta en que uno es arrancado de la vida, el azar que juega con nosotros de las formas más extrañas e impredecibles, la estupidez de premiar a un tipo que por casualidad se encuentra en medio de un enfrentamiento mortal y que por estar en pésimas condiciones físicas se ve sorprendido por un arma, y más tarde por un reconocimiento... o quizás, sólo quizás, siente celos de un muerto, celos del héroe Benítez, el siempre corrupto héroe Benítez.
Lento, demasiado lento... adentrándose en la madrugada.
—Está muy callado, jefe...
La voz casi infantil de Osorio lo arrebata de sus divagaciones, mira su rostro y no puede dejar de pensar que quizás también es él, el casi novato con muy poca malicia y demasiadas esperanzas... con la edad de su hijo. Su hijo, su esposa... quizás también son ellos.
—Hace mucho frío, Pedro.
—Sí, jefe, bastante... ¿a qué hora nos reuniremos con el “Zarco”?
—Una hora más temprano. Están muy alerta desde la balacera, ya sabes cómo es esto...
—Pobre del jefe Benítez, tan alegre que era...
—Sí, era una persona jovial, demasiado jovial, diría yo.
—Mire que estar en ese lugar y en ese instante… eso sí es tener mala suerte.
Su voz aumentó de tono y convicción al preguntar:
—¿Tú que hubieras hecho, Pedro?
—No lo sé. Lo mismo que el jefe Benítez, supongo.
—¿Engordar y perder reflejos de una manera tan estúpida?
—Bueno, no. Eso no, claro… pero sí actuar de la manera en que lo hizo antes de morir.
—¿Sabes cómo sucedió la balacera?
—No, ¿y usted?
—Algo me contaron al respecto. Dime, Pedro: ¿crees que Benítez actuó de forma heroica?
—Pues, en cierto modo creo que sí... ¿no lo cree usted, jefe?
—Vamos por un café, hace mucho frío.
Las llantas giraban casi imperceptiblemente en el asfalto, perdidas en el silencio de la noche, sólo las voces de la frecuencia policial acompañaban a la voz de su pensamiento... la cabeza comenzaba a molestarle, ¿culpar al recuerdo de Benítez?, ¿o culpar a su familia, su siempre leal —y carente de lo esencial— familia? Tal vez lo mejor sería culparse a sí mismo, hombre próximo a retirarse, siempre íntegro y comprometido con su trabajo, siempre leal a la institución; ¿ha servido de algo? No existe duda en su corazón, es sólo que a veces… a veces, por instantes, pareciera que todo es inútil, que todo está en caos y nada se salva de ser corrompido. Pareciera que nada importa, sólo la oscuridad que los rodea y el sabor cálido del café.
Amigo... siendo realista ni siquiera él mismo sabía lo que significaba ser un “verdadero amigo”, siempre tan distinto a la mayoría de los policías, frecuentemente en problemas por querer hacer las cosas de la manera “correcta”, y sin embargo, Benítez lo consideraba un amigo... ¿cómo un hombre como Benítez podía saber lo que significaba la amistad?, ¿de qué forma un hombre como él podía mostrarle el camino correcto a un novato como Osorio?
—Hay distintas maneras de vivir... y también de morir, no se necesita haber vivido como héroe para morir como héroe, prueba de ello es Benítez.
—No entiendo, jefe...
—Es simple, cualquiera puede volverse héroe gracias a la casualidad, pero a mi parecer los verdaderos héroes hacen lo correcto todos los días, se dedican de corazón a mejorar las cosas y no dependen de la suerte para salir adelante, el verdadero héroe hace siempre lo correcto, sólo sabe hacer lo correcto…
—¿Como usted, jefe?
Ni siquiera se detuvo a pensar si la pregunta había sido con intenciones de burla. Su respuesta lo deprimió aún más:
—No, no como yo... supongo que un héroe jamás tiene dudas y es feliz con lo que hace.
—Pues quizás también hay distintos tipos de héroe, ¿no, jefe?
—Sí, puede ser que así sea...
—Quizás el jefe Benítez fue héroe de un solo instante.
—Si es así, entonces uno debe decidir si se quiere ser héroe en todo momento o sólo unos instantes… aunque para como están las cosas, creo que el resultado es el mismo.
—A usted no le agradaba el jefe Benítez, ¿verdad?
No sabía la respuesta correcta, ni la respuesta que hubiera agradado a Osorio. Prefirió guardar silencio mientras continuaba analizando qué le tenía tan perturbado esa noche: vida, familia, profesión, la muerte de su “amigo”, Osorio, la vigilancia nocturna… todo giraba en su mente provocándole una pesadumbre en el cuerpo, una sensación amarga en los labios, una profunda tristeza que no sabía explicar qué era ni de donde venía.
La radio comenzaba a alertar de un altercado a unas cuantas manzanas de distancia. Osorio escuchaba atento la frecuencia policial mientras guiaba el vehículo mecánicamente, la monotonía de sus manos en el volante distraía la mirada de Garnica, no así su mente, que saltaba de asunto en asunto, de pendiente en pendiente. La radio parecía tan lejana y tan poco importante en esos momentos, todo lo llenaba este debate en su corazón, esta inquietud que aún no tenía sentido... miró el rostro de Osorio y se recordó a sí mismo a esa edad, recién egresado de la Academia. Recordó vagamente los consejos que le daban sus superiores, consejos malos, la mayoría sobre cómo ser corrupto sin ser descubierto, pero también los hubo buenos, aunque en muy escasa medida. ¿En qué momento eligió este camino?, ¿gracias a quién?... hacía tanto tiempo de eso que no pudo evitar suspirar ahora que estaba tan próximo el retiro. Sintió que tal vez no bastaba con haber hecho siempre lo correcto, tal vez había que dejar algo más, sembrar, hacer un poco más...
—Él era mi amigo... creo que en el fondo lo que me molesta es que se haya descuidado tanto.
—Tal vez ahora estaría vivo, eso es lo que usted piensa, ¿no es así?
—Sí, pero él jamás hubiera seguido un consejo mío. Lo hubieras conocido de más joven, era fuerte y ágil, pero eligió el camino que casi todos terminan eligiendo.
—Un camino que al final lo llevó al heroísmo involuntario...
—Sí, al final tuvo la suerte que muy pocos tienen.
—Y usted, jefe Garnica, ¿qué camino eligió usted?
En la radio se escuchó un llamado a las unidades cercanas, se trataba de un enfrentamiento con asaltantes... más grave de lo que un principio se creía. La alerta los hizo desatender la conversación, Osorio aceleró y se adentró por la calles rápidamente, manejando casi por instinto, sus mentes se preparaban para cualquier situación que estuviera esperándolos. Garnica respiraba dificultosamente… durante la noche se había sentido inquieto, ahora sabía con exactitud cuál era el verdadero motivo, ahora podía dejarse llevar por esas calles hasta el lugar del conflicto, nervioso, agitado, con el corazón a punto de saltarle del uniforme, pero convencido de lo que estaba haciendo, convencido de cuál debía ser el final de su carrera y —por encima de cualquier otra cosa— convencido de que amaba a su familia y amaba ser policía; a lo lejos pudieron ver el sitio del enfrentamiento, fue entonces que, casi inconscientemente, Garnica miró a Osorio con la misma intensidad con la que miraba a su hijo:
—Dentro de poco tiempo me retiraré, así que la verdadera pregunta no es qué camino elegí, sino qué camino vas a elegir tú, muchacho...
La unidad se estacionó y ambos policías descendieron.
Frente a la entrada del hospital estaban su hijo y su esposa, junto al taxi que los llevaría a casa. Habían pasado quince días desde la noche del enfrentamiento, los recuerdos habían aparecido de manera muy lenta en su mente, poco a poco fue reconstruyendo casi todo lo que había sucedido. Periodistas lo asediaron para que diera testimonio de los hechos. Todos se fueron decepcionados porque sus recuerdos y su ánimo no le daban para mucho, ahora todo comenzaba a quedar atrás. Abrazó y besó a su familia, para después abordar el taxi, que comenzó a perderse entre las calles cercanas al hospital.
—En la televisión dicen que ustedes son héroes, papá.
La voz de su hijo lo arrebató de sus pensamientos.
—Yo no soy un héroe. Él es el verdadero héroe… dio su vida por mí, se interpuso entre las ráfagas de los delincuentes y yo.
Después, mirando a su esposa:
—Recuerdo que estaba agonizando, recostado en la calle. Recuerdo que me sonreía y susurraba algo...
—¿Y es un héroe porque murió, papá?
Mirando a su hijo con una intensidad apenas aprendida, tocó su mejilla de seis años y, sintiendo los ojos humedecidos, Pedro Osorio le respondió:
—El jefe Garnica no se volvió héroe al dar su vida por la mía. Él era un héroe porque hacía lo correcto... y un verdadero héroe sólo sabe hacer lo correcto.
Fue entonces que recordó las palabras que el jefe Garnica le susurraba en su lecho de muerte: “sembrar, hacer un poco más...”

2ª parte de un programa especial presentado por la Coordinación de Fomento a la Lectura. Un grupo de policías de la SSP del Distrito Federal participó en el certamen "Letras en Guardia", el cual buscaba incidir en los hábitos de lectura de los integrantes del cuerpo policíaco de nuestra capital. Nos acompaña el oficial Roberto Reyes Ramírez, ganador del primer de este concurso.
En la Ciudad en su Tinta algo de la poesía de Eduardo Elizalde y las notas imprescindibles de la Maldita Vecindad y los hijos del Quinto Patio.
conduce: Andrés Castuera-Micher
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Parte informativo extra
(Certamen “Letras en Guardia”, tercer lugar)
El hábito no hace al monje. Además de ostentar determinado diploma y estar uniformado, se debe poseer una característica distintiva: vocación, término cuya etimología proviene del latín vocare, que significa “el llamado”, y que identifica el rasgo subjetivo que distingue al elemento policial. Un auténtico llamamiento es la motivación constante que impulsa el deseo de preparación, que en este caso se concentra en el campo de la protección ciudadana.
Cuando aún no amanecía, salí del aposento, a paso de tortuga, para no despertar a la familia. En la Glorieta de Insurgentes compré un atole y una guajolota. «¿Cuál será mi destino hoy? –Sabrá Dios», pensé, dando un trago a la bebida caliente que me confortaba el cuerpo. El tamal
estaba rico, pero no tan suculento como los que hacía mi abuela Daniela. Provengo de cuna pobre, desde una perspectiva económica, pero de un linaje millonario en moralidad.
Desayunado, llegué al sector y me uniformé. El frío enhiesto penetraba hasta el tuétano, pero eso no fue pretexto para no formar en la sección. “¡Presente, señor!”, respondí al oír que mi Primer Oficial, Hernández, al pasar lista de asistencia, pronunció mi nombre; lo hice con vigor, para patentizar el denuedo con que efectuaría el encargo. En ese entonces participaba en el operativo que intentaba detener in fraganti al apodado “Coleccionista de ojos”, quien según rumores merodeaba por la Zona Rosa.
Entregué la pistola al depositario, guardé el uniforme, me vestí con ropa de civil y corrí a la escuela en que adquiero la capacitación que me permite servir cada vez mejor a la ciudadanía. Luego, como a las veintitrés horas, estaba a bordo de un vagón del Metro; viajábamos en él unos cuantos pasajeros. Estudiaba el Código Penal, pero la plática de un matrimonio me distrajo de la lectura, aunque aparenté no escucharlos. La mujer, de lindo cabello ensortijado, y el varón, de complexión atlética, estaban acompañados de un infante como de diez años; parecía que regresaban de una fiesta. Ella le comentaba a su acompañante la mala opinión que tenía de la Fuerza Pública.
“Mmm…y yo que le echo fibra para lograr la excelencia”, medité. En la corporación siempre me he regido por sus principios de actuación; el primero de ellos, la legalidad. La cualidad de legal implica respetar la norma, pero también ser leal y digno de confianza. La objetividad, como mi segundo canon principal, ha sido la distinción de ser imparcial, neutro; prescindir de toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, por el género, edad, discapacidades, condición social o de salud, religión, opiniones, preferencias, estado civil o cualquier otra consideración que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar a alguien.
Mi siguiente principio es la eficiencia, cantidad de recursos invertida por unidad de producto obtenida, dirían los teóricos de la administración. Lo cual equivale a la capacidad para realizar como es debido la función gubernativa. Indispensable, para dar un firme apoyo a la ciudadanía ante la perpetración de una conducta delictiva; aspecto que me convierte en protector de la población ante la amenaza que representa la criminalidad. El profesionalismo —seguí meditando—, como cuarta idea primordial, representa el ejercicio competente de mis atribuciones. En esta actividad, ser aficionado equivale a poner en riesgo la integridad y los bienes que prometí defender. El adiestramiento es imprescindible para contrarrestar el diletantismo.
—¡Esos pitufos son ratas de dos patas y torturadores! —replicó el caballero a su esposa, a quien llamaba Ángela.
Otro concepto esencial es la honradez —pensé—, lo cual implica la particularidad de actuar a favor de la moral, con decencia. Noción que impele a cumplir sin desvío la misión, por ser un factor insustituible de la confianza social. El postrer, y no por eso menos importante, fundamento es el respeto a los derechos humanos reconocidos en la Constitución, entre ellos, que se debe presumir la inocencia de todo acusado de delito, mientras no se declare su responsabilidad mediante sentencia emitida por el juez de la causa. Mi papel no es condenar a un indiciado por más execrable que parezca. La mesura siempre es buena compañía.
—No hacen gran cosa y les pagan mucho —agregó el marido, frunciendo el ceño.
Si supieran lo modesto del estipendio —cavilé—. Es habitual que dos días antes de la quincena no traiga ni para el champurrado matinal. De mí dependen otras personas que tienen primacía. Con la choclaya prorrogo mi apetito, con tal de que alcance para sufragar la parcialidad del crédito hipotecario de la casa, el gas y el suministro de agua; que no me corten la energía eléctrica y que solvente la colegiatura de la universidad, pues quiero titularme, y por qué no, de lance en lance estudiar posgrado en derecho procesal penal. Mi estatus económico no es de holgura, y menos con lo interesadas que son mis amigas Spira y American Express, pero eso no merma la satisfacción que consigo cuando soy útil a la sociedad. Mi existencia está en peligro en cada pugna con malhechores. Me expongo, pero amo mi trabajo. Salgo de casa, pero no sé si volveré vivo. Actualmente la delincuencia es más sanguinaria, cuenta con arsenales, pero no me rajo, llegada la emergencia, me fajo como el más gallo.
—Yacen en la corrupción —dijo Ángela—. ¡Son te-rri-bles!
—¡Ah, pero tienen hasta su día, dizque por valientes! —indicó ella con sarcasmo.
Jamás he sido de ánimo decaído, empero, he tenido tres tantos de desazón cuando me han apuntando con un cuerno de chivo. Se siente una descarga eléctrica que bulle en los talones, se pasea por toda la epidermis y alcanza el último pelo de la cabeza. Llega el espanto, cuando oyes detonaciones en una refriega: ¡Bang! ¡Bang! Y no distingues entre el disparo de tu Beretta: ¡Bang!, y la andanada, ¡bang!, ¡bang!, que te consagra un gatillero febril con su Águila del Desierto. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
—La otra noche hicieron un escándalo porque mataron a un tecolote. ¿Dónde está lo extraordinario? Para eso se alquiló —argumentó el marido de Ángela con displicencia.
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Interrumpí mi introversión porque, intempestivamente, un individuo que llevaba un cubrebocas en el rostro, de esos que habían estado de moda, durante la contingencia sanitaria ocasionada por la influenza AH1 N1, sacó una navaja, se acercó a Ricardito y sus progenitores, amenazándolos y pidiéndoles sus pertenencias. El asaltante no molestó a ningún otro viajante.
La señora y su menor gimoteaban. El convoy se detuvo, las puertas de los vagones se abrieron. Yo iba sentado en una butaca de las individuales. El tipo huyó rumbo a la salida de la estación Romero Rubio. Corrí tras él, pude tomarlo del cuello de su playera, pero él se resistió a la detención. Mi dedo índice se atoró en su escapulario de San Judas Tadeo, que se reventó. Esto lo enfureció. Rabiando, me amenazó con el verduguillo. Yo me encomendé a la Virgen de Guadalupe que él tenía tatuada en el antebrazo.
La bolsa de la dama que sujetaba el atracador no le permitía maniobrar con habilidad; la arrojó al suelo y me lanzó un navajazo que, por ventura, sólo rasgó mi pantalón. Ambos caímos al piso cerca de los torniquetes. Él soltó el arma blanca que no pudo teñirse de rojo. De inmediato, un gentío, entre ellos el padre de familia ofendido, se abalanzó sobre el amigo de lo ajeno para golpearlo; tuve que proteger al bandido de los puntapiés que le quería propinar, pues no podía dejar que se hiciera justicia por sí mismo, ni que ejerciera violencia para reclamar su derecho.
Cubrí su cuerpo con el mío y logré asegurarlo con ayuda del compañero que vigilaba el andén.
Llegaron varios autos patrullas y se hicieron cargo del inculpado contrito. El pandemónium cesó. Las víctimas, el probable responsable y yo fuimos trasladados a la Fiscalía desconcentrada, en Venustiano Carranza. Allí, declaró un tripulante de la unidad S00927. En seguida, lo hicieron los agraviados. Ellos estaban sumamente agradecidos conmigo y cuando terminaron de formular su querella, se despidieron con afabilidad de mí, al tiempo que me sentaba frente al asistente del Agente del Ministerio Público para emitir testimonio.
Confirmé que los humanos pueden hacer su elección de adquirir nuevos conocimientos sobre un tema o decidir perfeccionar lo que ya saben. Con dedicación, pueden conseguirlo; sin embargo, nadie puede elegir tener una vocación para algo, pues ésta es una inclinación natural, innata, no susceptible de aprender. Así como no se puede decidir, en forma razonada, sentir amor o preferencia por algo, no se puede elegir la vocación. Experiencias como ésta han forjado mi espíritu de servicio y las seguiré viviendo cada vez que se requiera. En aquel momento deseaba un vaso con leche, dos aspirinas, un Marlboro y un mullido Restonic. 23 Luis Antonio Aranda Gallegos
—¿Ocupación? —me preguntó el Oficial Secretario, al continuar la diligencia.
—Policía —musité.
Los asaltados, quienes ya habían caminado unos metros, alcanzaron a escucharme. Se miraron con incredulidad un santiamén, y abandonaron la agencia.
